C149-UNA VERSION QUE YA NO RECONOCÍA.
Después de salir, Angelo marcó el número de Aurora. Necesitaba escuchar su voz, recordar que aún existía bondad en el mundo.
—¿Angelo? —respondió ella al primer timbre, su voz cargada de preocupación.
—Se acabó —dijo simplemente—. Vuelvo a casa.
Del otro lado, Aurora se llevó una mano a la boca.
—¿Estás bien? —preguntó, conociendo a su esposo lo suficiente como para detectar el tono sombrío en su voz.
—Lo estaré —respondió, mirando por última vez hacia la casa—. Cuando esté contigo y con los niños.
—Te esperamos —la voz de Aurora era cálida, un bálsamo para su alma atormentada—. Te amamos.
—Y yo a ustedes —respondió Angelo—. Más que a nada.
Colgó y se puso de pie. Había terminado una batalla, pero sabía que la guerra no había acabado. Quedaban muchas preguntas sin responder, muchas heridas por sanar. Pero, por ahora, solo quería volver a casa, abrazar a su familia y recordar que, a pesar de todo el horror que había presenciado, aún existía el amor.
(…)
Después de regresar a Londres, Angelo puso al tanto de todo a Aurora. Estaban en la sala de estar de su nuevo apartamento, lejos de la mansión Russo y sus fantasmas. Aurora escuchaba en silencio, con los ojos cada vez más abiertos, mientras Angelo relataba los últimos momentos de Logan.
—No puedo creerlo —dijo finalmente, llevándose una mano a la boca—. Que hiciera algo tan horrible a su propia madre y luego él...
—El dolor lo consumió —respondió Angelo, pasándose una mano por el rostro cansado—. Lo convirtió en un monstruo.
Aurora se acercó a él y tomó sus manos entre las suyas.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad, conociendo a su esposo lo suficiente como para saber que cargaría con el peso de lo sucedido.
Angelo asintió lentamente.
—Lo estaré. Pero esto no significa que estemos libres de él —apretó las manos de Aurora—. Su sombra sigue sobre nosotros, sobre William.
En los días siguientes, Angelo le comunicó a Alan que se mudaría definitivamente de la mansión. A Alan no pareció importarle en lo más mínimo y siguió con su carácter infernal. Los empleados pagaban el precio de su amargura, y las enfermeras desfilaban todos los meses, incapaces de soportar su trato.
Mientras tanto, Angelo se encargó de la empresa y, poco a poco, con la ayuda de Ethan y Aurora, Empresas Russo volvió a ser lo que era. En cuanto a William, comenzó terapias psicológicas y pasaba los días con Aurora y Angela, mientras ellos hacían el papeleo necesario para su adopción. Sin embargo, nadie los preparó para la respuesta de William cuando se enteró.
Aun así, Angelo y Aurora decidieron respetar su decisión, por dolorosa que fuera.
Ahora, siete meses después, la vida había vuelto a la normalidad…
O a una nueva normalidad.
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**OFICINA DE PRESIDENCIA.**
Alan estaba en su oficina, impecablemente vestido con un traje a medida. Su cabello, perfectamente peinado, mostraba canas prematuras en las sienes que le daban un aire distinguido. Estaba al teléfono, cerrando un trato multimillonario; su mirada era fría, calculadora.
Era el CEO que siempre debió ser, con ese aire enigmático que hacía que las secretarias contuvieran el aliento cuando pasaba.
—Buen trabajo, señor Tanaka —dijo, colgando el teléfono—. Esperamos su visita.
En ese momento, Angelo entró sin llamar, y Alan levantó una ceja, molesto por la interrupción.
—¿No sabes llamar? —preguntó con ese tono mordaz que se había convertido en su sello.
—Necesito hablar contigo —respondió su hermano, sentándose frente a él e ignorando su regaño.
Alan lo miró, impasible. Se recostó en el sillón de cuero y cruzó los dedos, estudiándolo con esa mirada que parecía atravesar el alma.
—Dime.

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