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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 16

C16- ¿TE GUSTA MI MUJER?

—Abuela… qué cosas dices… no sé por qué quieres esa fiesta…

La expresión de Adelina cambió sutilmente y la satisfacción dio paso a algo más profundo y más doloroso. Su mirada recorrió el rostro de Aurora como si quisiera memorizar cada detalle, y por un instante, su corazón se apretó dentro de su pecho, mientras un destello de culpa atravesaba sus ojos, tan rápido que casi pasó desapercibido.

Casi.

Porque Aurora notó el cambio, la máscara de fortaleza y astucia que siempre llevaba Adelina Russo pareció resquebrajarse por un segundo, revelando algo que nunca había visto antes en ella, algo que parecía remordimiento.

—Ey —dijo tomando la mano de la anciana entre las suyas—. ¿Qué pasa?

Los ojos de la mujer estaban enrojecidos, brillantes por una humedad inusual y parpadeó rápidamente, intentando recuperar la compostura.

—Nada... solo que... has crecido tanto —respondió con voz quebrada—. Te miro y apenas puedo creer la mujer en la que te has convertido.

Aurora sonrió, conmovida por la vulnerabilidad inesperada de quien siempre había sido su roca.

—Bueno, tuve una buena maestra —dijo con suavidad—. Todo lo que soy, todo lo que he logrado, te lo debo a ti, abuela. Siempre has estado ahí cuando te he necesitado.

Adelina apretó los labios, como conteniendo palabras que pugnaban por salir. Sus dedos se aferraron a los de Aurora con una desesperación que no encajaba con su habitual serenidad y por un momento, pareció a punto de confesar algo, pero luego el momento pasó y la máscara volvió a su lugar.

—Cuéntame cómo ha sido tu vida en los Estados Unidos —dijo, cambiando de tema con una naturalidad estudiada—. Acaso... —se inclinó hacia adelante, bajando la voz— ¿dejaste a alguien allá?

El rostro de Aurora se tensó visiblemente y sus ojos se abrieron un poco más de lo normal y la otra mano, la que sostenía la taza, se tensó alrededor.

La pregunta la había tomado por sorpresa, despertando un nerviosismo que intentó disimular.

Mientras tanto, Angelo conducía su Maserati con más fuerza de la necesaria.

Sus nudillos estaban blancos sobre el volante y su mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. A su lado, Logan miraba por la ventanilla, aparentemente tranquilo. Al final, había enviado su propio auto con el chofer y había aceptado ir con Angelo a la empresa.

Pero el silencio dentro del vehículo era opresivo y cargado de tensión no resuelta.

—¿Tu abuela hablaba en serio? —preguntó finalmente Logan, rompiendo el silencio.

Angelo le lanzó una mirada de disgusto, tanto que su perfil parecía tallado en piedra.

—¿Por qué la pregunta? —respondió con otra pregunta, su voz parecía controlada pero estaba cargada de hostilidad.

Sin embargo, Logan no se inmutó.

Se limitó a encogerse ligeramente de hombros, como si estuvieran discutiendo sobre el clima y no sobre el inminente divorcio de su amigo.

—Bueno... es algo... inusual, eso es todo. Una fiesta para presentar a tu esposa en sociedad justo cuando están por divorciarse… no es lo que uno esperaría.

Angelo detuvo el auto en un semáforo y giró lentamente la cabeza hacia Logan y sus ojos parecían dos pozos de hielo, fríos y profundos.

—¿Te gusta? —preguntó sin preámbulos.

Logan frunció el ceño, genuinamente confundido.

La mujer tragó con dificultad y extendió de nuevo su mano y acarició su mejilla.

—Entonces por mí, acepta —dijo suavemente—. Dame ese último gusto. No me queda mucho tiempo, y quiero irme sabiendo que estarás protegida.

Aurora se encontró atrapada entre la espada y la pared.

Las palabras de la mujer que la había criado, resonaban en su mente mientras recordaba la conversación con Mike sobre el dinero que hacía falta para su proyecto y no era tonta, con esa herencia, no solo podría hacer realidad sus sueños profesionales, sino también asegurar el futuro de Angela.

Su hija no tendría que preocuparse nunca por nada y la tentación era demasiado grande como para rechazarla.

—Está bien —dijo finalmente, con una resolución que sorprendió incluso a ella misma—. Acepto la herencia.

El rostro de Adelina se iluminó con una mezcla de felicidad y alivio tan profundo que parecía desproporcionado para la ocasión, porque de alguna manera fue como si le hubieran quitado un poco de esa culpa que llevaba cargando durante décadas.

—¡Maravilloso! —exclamó—. Entonces tengo que preparar todo, para elegir al más adecuado.

La confusión se dibujó en el rostro de Aurora.

—¿Adecuado?

—Sí, querida... Es que... no te lo dije, pero... —la abuela hizo una pausa, como si estuviera reuniendo valor—. Quiero que te cases en cuanto te divorcies de Angelo. Mi condición para recibir la herencia es que... estés casada.

El impacto en Aurora fue inmediato y visible. Su rostro palideció y sus labios se entreabrieron en una expresión de absoluta incredulidad, la taza que sostenía se tambaleó peligrosamente en su mano.

—¿Casada? —repitió—. ¿Quieres que me case... otra vez?

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