C17- ¿NO HIZO NADA EN SU NOCHE DE BODAS?
—¿Casada? —repitió—. ¿Quieres que me case... otra vez?
El silencio que siguió fue denso, casi palpable. Adelina observó la reacción de su nieta con atención, anticipando el rechazo que veía formarse en sus ojos, entonces se apresuró a explicar, su tono cariñoso contrastando con la fría lógica de sus palabras.
—Aurora, cariño, no es un capricho. La fortuna que vas a heredar no es un simple cheque y en este mundo... el mundo de los negocios de verdad, está lleno de tiburones que verán a una mujer joven, hermosa y aparentemente sola, como una presa fácil. Un esposo a tu lado, sobre todo uno con influencia y conocimiento, es un escudo. Llámalo un socio estratégico.
Aurora recuperó el aliento y el instinto de independencia que había forjado en ocho años de lucha salió a flote como un animal acorralado.
—Abuela, yo he manejado mi vida en Nueva York completamente sola. He negociado contratos, he enfrentado fracasos y he levantado éxitos con mis propias manos. No necesito un escudo. Soy mi propia armadura. —Su voz sonaba firme, pero había un temblor de incredulidad bajo la superficie, como si todavía no pudiera procesar lo que acababa de escuchar.
—No lo dudo, mi niña. Pero... ¿y el corazón? ¿Vas a condenarte a una vida de soledad, encerrada en una oficina o detrás de un tablero de diseño? Mira que el trabajo no abraza por las noches, no te consuela cuando estás triste, no te mira con ese amor que tú, tan llena de vida, mereces recibir y dar. —Su mirada se volvió pícara y sonrió—. Y no te da orgasmos que te harán ver las estrellas.
Al escucharla, la cara de Aurora se calentó.
—Abuela, ¡¿qué dices?! Por favor... estamos...
—¿Qué tiene de malo? Eres una mujer adulta y no creo que virgen... ¿o sí? —las cejas de la anciana se fruncieron—. ¿No me digas que el inútil de Angelo no hizo nada en su noche de bodas? O después... en esos meses que estuvieron viviendo juntos...
La respiración de Aurora se detuvo por un instante y los recuerdos la asaltaron sin permiso: las manos de Angelo recorriendo su cuerpo, sus labios en su cuello, el calor de sus cuerpos entrelazados en la oscuridad. Por supuesto que había hecho, habían sido noches interminables donde él la hacía sentir mujer, no la niña que él decía que era durante el día.
Extrañaba eso.
Lo extrañaba a él.
Antes de que aprendiera a dormir sola de nuevo, antes de que su vibrador se convirtiera en su única compañía en las noches frías de Nueva York.
De repente la ira la invadió al darse cuenta de que Angelo seguía ocupando un espacio en sus pensamientos.
«No. No le daré ese poder» se reprochó mentalmente.
Así que miró a su abuela con determinación.
—Confía en mí, Aurora. —La abuela extendió sus manos temblorosas y atrapó las de ella. —Por esta última vez. Confía en que yo solo quiero tu felicidad y tu seguridad. Te ayudaré a elegir. Será alguien digno de ti. Alguien que te valore. —Su tono era una súplica.
Aurora sintió las paredes cerrándose a su alrededor. Porque rechazar significaba perder el futuro seguro para Angela y su proyecto. Significaba defraudar a la única persona de esta familia que genuinamente la había amado. Y dentro de su caos mental, una idea perversa comenzó a germinar: ¿Y si este matrimonio era solo un trámite? ¿Un acuerdo en papel para cumplir la condición? Tal vez, ella podría mantener su independencia... y el secreto de Angela.
Con un suspiro que parecía salir de lo más profundo de su alma, asintió.
—Está bien, abuela. Acepto... tu condición.
El rostro de la anciana se iluminó y aplaudió suavemente.
—¡Maravilloso! ¡Ahora sí puedo celebrar! ¡Camarero! —llamó, con una energía renovada que la hacía parecer diez años más joven—. ¡Tráigame una porción de su tarte tatin! ¡Y con una bola de helado de vainilla extra! Hoy es un día feliz.
Aurora la observó, preguntándose qué acababa de aceptar realmente. Había algo en la reacción de Adelina, que parecía una urgencia desesperada, que no encajaba con la simple alegría de ver a su nieta política casada de nuevo.
Era como si hubiera mucho más en juego, algo que Aurora no podía ver.

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