C20- ¿POR QUÉ NO QUIERES NADA DE MÍ?
—¿Traerte…? —repitió Aurora, con un hilo de pánico en la voz—. ¿A… a Londres?
—Sí —respondió Angela, ya sin gritos y con una calma lastimera que dolía más—. Dile que me lleve a Londres.
Aurora apretó los dedos alrededor del teléfono.
Las ideas chocaron en su cabeza sin orden.
Londres.
Los Russo.
Angelo tan cerca.
Con Angela allí, su secreto corría peligro y no podía arriesgarse.
—Angela… mi amor… —intentó—. No…
—¿Por qué no? —la interrumpió la niña—. Soy tu hija y las mamás están con sus hijas. Yo no tengo papá, tengo nada más que a mamá… y ahora tú no estás. ¡Por eso ya no tengo a NADIE! ¡A NADIE! ¡Woooo!
Aurora cerró los ojos, esa frase la atravesó. Recordó a Angela mirando a otras niñas con sus padres, fingiendo que no le importaba y sabía que había preguntas que nunca se atrevían a salir completas.
La culpa, guardada durante años, le explotó en el pecho, por eso respiró hondo y aunque el miedo seguía ahí, perdió la batalla.
—Ok… Cálmate, ¿sí? Está bien… vendrás. Le diré al tío Mike que… que te traiga.
Hubo un silencio y luego, una voz pequeña, pero temblorosa de ilusión.
—¿Promesa, mami?
Aurora tragó saliva.
—Promesa, mi amor.
—¡SÍ! ¡SÍ! ¡VOY A IR A LONDRES! ¡IRÉ A LONDRES! —gritó Angela, alejándose corriendo.
Aurora no sonrió, se quedó inmóvil, con el teléfono pegado a la oreja y el rostro pálido.
—Dios… ¿en qué me he metido? —susurró.
Marcó el número de Mike para dar instrucciones, sabiendo que acababa de activar una bomba.
Mientras tanto, afuera, un auto de lujo se detuvo frente al Savoy Hotel. Angelo bajó con movimientos precisos, le había sacado la información a Oliver con una promesa simple y efectiva: una caja de Macallan 25.
Y el viejo chofer había soltado la lengua. Angelo cruzó el lobby y se detuvo en recepción.
—Busco a Aurora Russo.
La recepcionista tecleó, esperó y negó con la cabeza.
—Lo siento, señor. No hay una Aurora Russo registrada.
La mandíbula de Angelo se tensó. «Increíble. O sea que ni mi apellido usa. Condenada mujer.»
Pero volvieron a tocar, frunció el ceño frustrada y fue a abrir.
—Ya le dije que… —se quedó muda al verlo allí—. ¿Tú? ¿tú qué… qué haces aquí?
Angelo entró sin pedir permiso.
—¡Oye! ¡¿qué carajos…?! —protestó ella—. Esta no es tu casa.
Él la ignoró.
—Tengo dos preguntas que hacerte.—dijo mientras observaba a su alrededor.
Aurora cerró la puerta con fuerza y se cruzó de brazos.
—¿Ah, sí? ¿Y desde cuándo tengo que responderte? Mejor vete.
Angelo la miró, de verdad la miró y como no había pasado en años, su cuerpo reaccionó sin permiso. Maldijo por lo bajo y metió las manos en los bolsillos para ocultar su tensión.
—¿Por qué no quieres nada de mí? —fue al grano—. ¿Por qué le dijiste a Vittorio que no querías nada de la familia Russo?
Dio un paso hacia ella, pero Aurora no retrocedió.
—Y lo más importante… —añadió, tenso—. ¿Qué carajos te dijo Logan esta mañana, que te hizo reír?
El aire se cargó, pero Aurora sostuvo su mirada, desafiante.

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