C22- PERIODO DE RECONCILIACIÓN.
Aurora reaccionó, la furia le subió sin aviso y le apartó la mano del cabello con un manotazo.
—No puedes estar hablando en serio. ¿Elegir a mi próximo esposo? ¿Te escuchas, Angelo?
Él no retrocedió y en cambio se alzó de hombros despreocupado.
—Lo pidió la abuela —respondió—. Con todas sus letras. Quiere que yo me encargue de eso.
Aurora negó con la cabeza, incrédula.
—No. La abuela… ella no haría eso.
—Si quieres pregúntale —dijo dando un paso atrás, como si necesitara aire, se pasó la mano por la barba y soltó una risa dura. —Así que estar cerca de ti, va a ser complicado. Muy complicado.
No esperó respuesta, abrió la puerta y salió.
En la calle caminó rápido hasta el auto, se sentó al volante y cerró la puerta con fuerza. Sus palabras le golpeaban la cabeza sin descanso.
"Estaba enamorada."
Apretó el volante y de la nada miró la hora, sin importar qué, marcó un número.
—Angelo —respondió Vittorio al segundo tono—. Es tarde…
—Existe un período de reconciliación antes del divorcio, ¿no?—preguntó, sin preámbulos.
Hubo un silencio al otro lado.
—Sí, lo hay —admitió el abogado—, pero ustedes ya…
—Lo voy a ejercer —lo interrumpió—. Activa ese período. Detén la demanda de divorcio. Legalmente, todavía estamos dentro del plazo.
Vittorio dudó.
—Angelo, eso implicaría convivencia o, al menos, intención clara de reconciliación.
—La habrá —respondió él seguro—. Hazlo constar. Suspende cualquier trámite hasta que ese período termine.
Colgó y apoyó la frente un segundo en el volante y luego arrancó, decidido, mientras que en la habitación, Aurora seguía de pie, con el corazón golpeándole el pecho.
***
Cuatro días después, Aurora esperaba en la zona de llegadas internacionales, sosteniendo un enorme oso de peluche y un arreglo de globos que llamaba la atención de cualquiera que pasara. Vestía jeans, una camiseta blanca sencilla y lentes vintage que apenas lograban ocultar el cansancio acumulado. Había firmado todas las autorizaciones necesarias para que Mike viajara con Angela: carta notariada, copias de pasaportes, permisos médicos.
Todo en regla.
Y mientras él resolvía el vuelo desde Nueva York, ella había corrido contra el tiempo en Londres.
Había alquilado un departamento en Hampstead, cerca de parques y calles tranquilas, un lugar donde Angela pudiera caminar sin miedo y ver niños jugando. También había llamado a dos escuelas, preguntado por cupos temporales. Ya que si el absurdo plan de la abuela avanzaba, su estancia se alargaría. Por eso, Mike se quedaría para encargarse de la firma, mientras ella cumplía con las exigencias familiares.
—Bueno, no lo creo —respondió Aurora, apretándola contra su pecho—. Primero quiero tenerte para mí sola.
La niña le besó la frente, con una seriedad que no era de su edad.
—Te quiero, mami y te extrañaba mucho.
Mike la alcanzó empujando las maletas.
—Después de esa llamada, milagrosamente cambió de humor —bromeó—. Menos mal, estaba a punto de llamar a una de esas niñeras al rescate.
Aurora rió. Le entregó el oso y los globos a Angela y luego abrazó a Mike.
—Perdón por ponerte en apuros.
—Nada de eso —respondió él—. Sabes que te adoro. Eres la hermana que mamá no me dio.
Aurora volvió a reír y tomó la mano de Angela.
—Bien, cielo… antes de ir a comer, ¿te gustaría probar fish and chips?
Angela asintió con el corazón latiéndole fuerte.
Estaba en Londres, donde vivía William y el hombre Seal. Y, por eso, muy pronto, encontraría a su papá.

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