C25- SOLO QUIERÉME, PAPÁ
Al día siguiente, Bianca bajó las escaleras a las ocho en punto. Llevaba el pelo suelto, cayéndole por la espalda, y Mateo ya estaba en la cocina, de pie junto a la isla, cortando pan con movimientos precisos. Cuando la vio entrar, levantó la vista y un segundo de anhelo le cruzó los ojos.
Ella lo miró una sola vez, breve, y luego pasó de largo hacia la mesa donde Thomas devoraba cereales con la cuchara en alto.
—Hola, bebé —dijo, inclinándose para besarle la coronilla.
Thomas levantó la cara, leche en la barbilla.
—¡Mami! Hoy hay excursión, iremos al museo de ciencias.
Bianca se sentó a su lado y le limpió la barbilla con la servilleta.
—Qué bien, mi amor. ¿Ya tienes la mochila lista?
Thomas asintió con la boca llena y miró a Mateo.
—Papá, ¿tú has ido al museo de ciencias?
Mateo dejó el cuchillo sobre la tabla.
—Sí, hace muchos años.
—¿Y te gustó?
—Fue… interesante.
Thomas hizo una mueca.
—Suenas como el profesor Collins. Él dice que todo es “interesante” cuando no le gusta.
Bianca sonrió. Fue una sonrisa pequeña, genuina, dirigida solo a su hijo. Mateo la miró fijo y esa sonrisa le aceleró el corazón, porque la quería para él. Pero era para Thomas. Porque por su propia estupidez y cobardía, se había alejado de la única mujer que quería en realidad.
Bianca se levantó, sirvió café en su taza y Mateo observó sus manos: esas mismas manos que otras noches, como Sombra, habían estado en su pecho, arañándole la espalda, apretando su pelo. Y se odió en silencio.
Odió tener que disfrazarse para sentir su piel.
Entonces Thomas tragó el último bocado y miró a su madre.
—Mami, ¿puedes venir a la excursión?
Bianca negó con suavidad.
—Oh, cariño, hoy tengo una reunión importantísima. Hay un cliente nuevo. —Bianca atendía solo clientes exclusivos en su firma de diseño. Gente que pagaba fortunas por un espacio único—. No puedo faltar.
Thomas se desinfló y sus hombros cayeron. Mateo no pensó, actuó y el ofrecimiento llegó solo.
—Yo puedo ir.
Hubo silencio.
Thomas lo miró con los ojos abiertos como platos.
—¿En serio?
Mateo no dudó. En cambio sonrió.
—En serio.
Thomas saltó de la silla y se abrazó a su pierna.
—¡Voy a ir con papá! ¡Voy a ir con papá!
Bianca miró a Mateo, sin decir nada, pero sus ojos lanzaban preguntas: ¿Por qué ahora? ¿Por qué después de ocho años? ¿Qué pretendes?
Mateo sostuvo su mirada un segundo y luego ella desvió la vista.
—A las nueve nos vamos, ve por tu mochila, campeón —dijo, entendiendo su indiferencia—. Pero primero haré unas llamadas.
Thomas obedeció y salió de la cocina. Bianca se quedó sola con el café en la mano, sin saber qué pensar.
¿Era un gesto real? ¿O solo otra forma de mantener las apariencias, como lo de anoche?
El recuerdo llegó sin aviso: la mano de Mateo en su muslo bajo la mesa, subiendo por la abertura del vestido, el beso en el pasillo oscuro, urgente, como si no pudiera respirar sin ella.
Su cuerpo se encendió al instante y el calor nació entre sus piernas, pero negó de golpe.
—No, no y no, Bianca. Reacciona. Es Mateo. Tu marido que te ha ignorado desde siempre. Así que no caigas.
El móvil vibró sobre la mesa y vio el mensaje de Sombra.
“Cuento las horas para volver a verte.”
Bianca sonrió sin querer y miró hacia la puerta por donde había salido Mateo. Quiso reír.
Dos hombres. Uno que la deseaba con todo y otro que hasta no hacía mucho la ignoraba.
Mateo sintió que le arrancaban el corazón. Cada palabra era un golpe que se merecía. Entonces, sin pensarlo, movido por el instinto, lo abrazó fuerte y cerró los ojos. La voz le salió ahogada.
—Thomas… yo sí te quiero. Te quiero… más de lo que imaginas…
El pequeño se aferró a su camisa.
—¿Entonces por qué no estás nunca?
Mateo no podía darle esa respuesta. No podía contarle la culpa que lo comía vivo. No podía hablarle de aquella noche, de Mauricio muerto, de los ojos de Thomas que eran iguales a los suyos y a los de Bianca, y tampoco podía decirle que él era el recordatorio constante de su traición.
—Porque… soy un cobarde —susurró.
Thomas frunció el ceño.
—¿Qué es un cobarde?
—Alguien que tiene miedo. Miedo de querer demasiado y perderlo.
Thomas lo pensó un segundo.
—¿Y yo te doy miedo?
Mateo negó y le acarició la mejilla.
—No. Tú me das… me das todo. Tú eres todo para mí, hijo.
Thomas se pegó más a él.
—Pues solo quiéreme, papá. Es fácil… solo quiéreme.
Mateo cerró los ojos y las lágrimas salieron solas, silenciosas. Por primera vez en ocho años dejó que cayeran. Thomas no se movió, simplemente se quedó ahí y lo abrazó más fuerte.
Unos metros más allá, una mujer observaba. Sacó el móvil, hizo una foto y la envió rápido.
“Mira, tu duque llorando con su hijo. ¿Quién lo diría?”
Del otro lado, Seraphina abrió el mensaje. La foto llenó la pantalla: Mateo arrodillado, abrazando a Thomas, lágrimas en la cara.
Los ojos de ella se entrecerraron y la mandíbula se tensó.
No dijo nada, solo guardó la foto.

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