C27- ARQUITECTA DEL DEMONIO.
A la mañana siguiente, Aurora llegó al edificio de las Empresas Russo con el corazón en la garganta.
Todo estaba saliéndose de su control. Primero la herencia y ahora trabajar en la empresa. Comenzaba a sospechar que la abuela tenía un plan oculto.
Por otro lado, cuando le contó a Mike que trabajaría con los Russo, casi le dio un infarto. Hablaron hasta tarde, repasando escenarios, riesgos, planes de salida y al final, como siempre, Aurora encontró el ángulo práctico: ese proyecto la pondría en la vitrina correcta, consolidaría su firma en Estados Unidos y abriría puertas que llevaba años empujando sola.
Así que si iba a jugar, jugaría para ganar.
Sin embargo, había algo que le preocupaba más que cualquier desafío profesional: su cercanía con Angelo.
Después de lo ocurrido en el estudio, le quedaba dolorosamente claro que aún lo deseaba. Su cuerpo había reaccionado a su presencia como si los años no hubieran pasado, como si cada célula recordara perfectamente el tacto de sus manos.
«Maldita sea» pensó mientras el ascensor subía. «¿Por qué sigo siendo tan débil con él?»
Se reprendió internamente por la forma en que su pulso se había acelerado cuando él la tocó, por cómo su piel había ardido bajo su mirada. Ocho años separados y su cuerpo seguía traicionándola como una adolescente hormonal.
«Definitivamente necesito cambiar de vibrador» se dijo con amarga ironía. «Quizás uno con más accesorios. Uno que no me haga pensar en Angelo cada vez que lo uso»
Una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios al imaginar la cara de la dependienta si le explicara exactamente lo que buscaba.
«Algo que me haga olvidar a mi ex, por favor»
El timbre del ascensor interrumpió sus pensamientos, devolviéndola a la realidad. Las puertas se abrieron al piso ejecutivo y Aurora respiró hondo.
Era hora de demostrar que podía manejar esto, pero sobre todo que podía manejar a Angelo.
Ese día vestía un traje sobrio y elegante, y al salir del ascensor varias miradas se giraron y Jimena ya la esperaba como si hubiera estado ensayando el momento, por eso sonrió sin sonreír.
—Bienvenida —dijo con amabilidad fingida—. Espero que te adaptes rápido. Aquí el ritmo es... exigente.
Aurora sostuvo su mirada.
—Me adapto bien cuando el trabajo vale la pena —respondió con igual frialdad—. Gracias por la preocupación.
Jimena inclinó la cabeza, molesta por no haber conseguido más.
Mientras tanto en la oficina de Angelo, el intercomunicador rompió el silencio.
—Señor Russo, la señorita Sterling ya llegó.
Él cerró los ojos un segundo, buscando calmar su corazón.
«Bien, Angelo. Esta es tu oportunidad.»
Se ajustó el traje, respiró hondo y salió, pero se congeló.
Logan ya estaba allí, inclinado hacia Aurora, dándole la bienvenida con una sonrisa de perro en celo. Y esa visión hizo que toda la amabilidad y la calma que había ensayado se desmoronaran al instante. Dando paso a una fría rigidez se apoderó de su rostro, y que sus ojos, antes expectantes, se endurecieran como el acero.
—Aurora —espetó ya acercándose—. Tu oficina es la del final. Te envié un correo con las prioridades del trimestre, revísalo antes de las diez. Si vas a trabajar aqui, espero eficiencia y no... —le dio una mirada a Logan—... pretextos.
El tono cayó como una bala fría.
Aurora se quedó inmóvil un instante, a decir verdad esperaba una formalidad mínima, no ese trato de capataz.
«¿Qué esperabas, Aurora? Es un maldito robot andante» se recordó antes de asentir.
—Como ordene, señor Russo.
El "señor" le dolió a Angelo como una astilla, abrió la boca para corregir algo, pero Logan se adelantó.
—No le hagas caso, Aurora. Angelo tiene modales de marine antes del café. ¿Ya conoces la cafetería? Te acompaño, el primer capuchino corre por mi cuenta.
Aurora le dedicó una sonrisa agradecida.
—Me vendría bien. Gracias.
Se alejaron juntos y Angelo se quedó clavado, viendo cómo su plan de controlar la situación se desmoronaba en segundos.
Entonces Jimena se acercó, con una risa suave.
—Pienso que fue una mala idea de la abuela —comentó—. Pero hiciste bien en marcar límites desde el inicio. ¿Almorzamos juntos?
Angelo la miró y su expresión fue glacial.
—No puedo.
Se dio la vuelta y se fue, dejando a Jimena inmóvil, con la sonrisa borrada.
En cuanto Angelo entró a su oficina, se pasó una mano por el cabello y dejó escapar un gesto de frustración, algo que no se permitía en público.
Poder tenía de sobra, control también. Todo, menos claridad cuando se trataba de ella.


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