C29- TODO ES POR ELLA.
Angelo llegó al restaurante con Jimena del brazo. Era un lugar elegante y caro. Jimena estaba encantada, era la primera vez que Angelo la invitaba a comer desde que Aurora llegó, por eso hablaba sin parar sobre el menú, el vino, pero Angelo asentía sin escucharla.
En cambio sus ojos recorrían el salón una y otra vez.
«¿Dónde estás, Thorne?» pensó, con un gesto seco. «Seguro ya la tienes sentada, haciéndote el interesante. Maldito traidor»
Pero no la vio, volvió a mirar y nada.
Entonces un empleado se acercó.
—¿Tienen reserva?
—Sí —respondió—. Angelo Russo.
Mientras el hombre consultaba, Angelo dio un paso al costado.
—Una pregunta —dijo en voz baja—. ¿Hay una mesa a nombre de Logan Thorne?
El empleado buscó en su iPad y negó.
—No, señor.
Angelo parpadeó.
«¿Qué? Pero... su secretaria... ¿Me dio mal el nombre?»
Un calor abrasador subió por su garganta mientras la bilis de los celos le quemaba por dentro.
«¿Y si la llevó a otro lugar...» Su mandíbula crujió al tensarse y una vena palpitó visiblemente en su sien. «Por tu maldito bien, Thorne, más te vale no haberla llevado a tu departamento. Porque si descubro que están allí, solos, con tu colección de vinos franceses y esa maldita vista al parque que tanto presumes...»
El sabor metálico de la rabia inundó su boca mientras la imagen de ellos dos, riendo, brindando, tocándose, se clavaba como astillas bajo sus uñas.
En otra parte de la ciudad, el auto de Logan se detuvo frente a un restaurante pequeño, sencillo, con mesas al aire libre y un aire relajado.
Aurora lo miró sorprendida.
—No esperaba esto —dijo.
Logan sonrió, divertido.
—Bueno, aquí la comida es deliciosa… y lo mejor es que nadie viene a impresionar a nadie.
Aurora rió.
—Perdón, con ese traje, pensé que solo comías en lugares imposibles.
—Me gustan las cosas simples —respondió—. Y además... —bajó la voz—. Me gusta estar donde tú estés cómoda.
Le acarició la mejilla con suavidad y Aurora bajó la mirada ya sonrojada.
—Vamos —añadió él con una sonrisa—. Tengo hambre.
Entraron, tomaron asiento y Logan pidió vino.
Hablaron.
Aurora rió con una ligereza que no sentía desde hacía tiempo.
En el otro restaurante, Jimena pedía con entusiasmo, pero Angelo no la escuchaba, de hecho no había escuchado nada desde que salieron de la empresa. Su mente estaba en Aurora.
En dónde estaría.
Y la situación escaló tanto, que se volvió imposible y no aguantó más. Se puso de pie y se alejó y sacó el teléfono, para pedirle a la asistente de Aurora su número.
Lo marcó.
En el otro restaurante, el teléfono de Aurora vibró, ella miró la pantalla, confundida al ver el número extraño.
—Disculpa —dijo a Logan.
Se levantó y contestó.
—¿Bueno?
—¿Dónde estás? —la voz se escuchó agitada y fría.
Ella se quedó inmóvil.
—La próxima vez que quieras saber algo de mí, habla con el abogado. Mi vida ya no te incumbe y otra cosa, no vuelvas a llamarme a este número.
Colgó sin darle espacio a responder y se quedó de pie, respirando despacio. El corazón le golpeaba fuerte, pero la espalda seguía recta y cuando se calmó, se dio la vuelta y regresó a la mesa.
—Disculpa —dijo, sentándose—. Parece que alguien confunde horarios laborales con propiedad privada.
Logan sonrió, alzó su copa y por dentro, se regodeó.
Sabía que el de la llamada era Angelo.
Había escuchado cuando él habló con su secretaria esa mañana, por eso había cambiado de sitio.
«Llegaste tarde, hermano. Tu oportunidad pasó.»
—¿Seguimos? —preguntó en voz alta—. Prometo no contestar llamadas incómodas.
Aurora sonrió y tomó su copa.
En el otro restaurante, Angelo guardó el teléfono con un movimiento brusco, el pulso le latía en la sien, pero volvió a la mesa.
—Pedí tu plato favorito —dijo Jimena, intentando sonreír—. El salmón con...
—Se me quitó el hambre —la cortó él, sin sentarse—. Almuerza tú.
Jimena parpadeó.
—¿Qué? Pero... Angelo, recién...
Él ya estaba de espaldas y caminó hacia la salida sin mirar atrás, entonces Jimena se puso de pie.
—¡Angelo!
Pero él no se detuvo y la puerta se cerró tras él.
Jimena quedó inmóvil unos segundos, luego apretó la servilleta con fuerza entre los dedos, hasta arrugarla por completo. Sus labios temblaron, no de tristeza, sino de rabia pura.
—Maldita sea... —murmuró, sentándose de nuevo—. Todo es por ella.

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