C31-SI TE PIDIERA UNA OPORTUNIDAD.
Angelo permaneció en el sofá con los ojos cerrados y con una copa de whisky entre sus dedos temblorosos. El rechazo de Aurora, sumado al terreno que Logan estaba ganando, le corroía las entrañas con una insistencia que no se iba. Recordó sus palabras, frías y firmes, hablando de hacer su vida, de citas, de avanzar y cómo ella había añadido que él también había seguido con la suya.
Una risa amarga escapó de sus labios.
Porque en esos ocho años de separación, Angelo Russo, no había hecho otra cosa que trabajar, cuidar de su sobrino, visitar a su hermano en el hospital y regresar a casa para contemplar fotografías de una única mujer.
No había tenido ni una sola cita.
Ni una.
No por falta de oportunidades—Dios sabía que las mujeres prácticamente se arrojaban a sus pies—sino porque simplemente no le interesaban.
Ninguna era Aurora.
Ninguna tenía su risa que parecía iluminar hasta los rincones más oscuros de su alma, ni esa forma única de fruncir el ceño cuando se concentraba, creando una pequeña arruga entre sus cejas que él anhelaba suavizar con el pulgar.
Ninguna mordía su labio inferior con esa mezcla de timidez y determinación que lo desarmaba por completo.
Ninguna lo perseguía a todos lados, ni se acurrucaba junto a él para susurrarle sueños sobre una casa llena de niños con sus ojos y la sonrisa de ella. Ninguna dibujaba en servilletas los planos de la casa que construirían juntos.
Y ahora eso solo eran sueños que quedaron suspendidos en el tiempo, promesas que se marchitaron antes de florecer, futuros que nunca llegaron a materializarse porque él, en su cobardía, había preferido el silencio al riesgo de amar completamente.
Sin embargo, de alguna manera retorcida, había respetado un matrimonio que él mismo había destruido. Había permanecido fiel a una esposa que había alejado con su frialdad. Porque aunque no estuvieran juntos, aunque vivieran en continentes separados, para él solo existía una mujer: Aurora.
No había tenido el valor de ir por ella, de cruzar el océano y suplicar perdón. No había sido capaz de confesarle que cada noche soñaba con ella, que cada mañana despertaba buscándola.
Y en su lugar, había esperado, había esperado su regreso y cuando finalmente lo hizo, fue para abandonarlo.
El sonido del teléfono rompió el silencio y Angelo abrió los ojos, ahora rojos y húmedos y miró la pantalla.
Era la abuela.
Dudó en contestar, pero lo hizo.
—¿Abuela?
—Angelo, necesito que lleves a Aurora a revisar el terreno del proyecto mañana —la voz de la anciana sonaba firme como siempre—. Es importante que vea el lugar antes de la presentación al consejo.



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