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¡MI MARIDO NO ACEPTA EL DIVORCIO! romance Capítulo 32

C32-MUSEO DE CIENCIAS

Angela salió corriendo de su cuarto como si el suelo no la tocara. Bajó por el pasillo y apareció en la cocina justo cuando Mike cerraba su termo de agua.

—¡Tío Mike! —dijo sin respirar—. ¡Apúrate, vamos a llegar tardísimo!

Mike la miró y soltó una risa.

—Calma, pequeña genia. Vamos bien, te lo prometo.

Angela se balanceó sobre la punta de los pies, incapaz de estarse quieta. Su madre le había dado permiso para ir con Mike al museo de ciencias. Pero eso era todo lo que los adultos sabían. Para Angela, ese día significaba algo más grande, mucho más grande.

Hoy estaba segura de que por fin daría el primer paso para encontrar a su papá.

Mike terminó, tomó el bolso y le extendió la mano.

—Vamos, pequeño terremoto —dijo—, antes de que tires la casa abajo.

Angela le tomó la mano con fuerza y sonrió tan grande que le dolían las mejillas.

El museo de ciencias de Londres era enorme.

Y apenas cruzaron la entrada, el corazón de Angela empezó a latir tan rápido que le zumbaban los oídos. Todo era grande, brillante y lleno de gente. Había adultos, niños, voces por todas partes y cada hombre alto que pasaba hacía que levantara la mirada.

Mike sintió cómo ella apretaba su mano.

—¿Estás emocionada? —preguntó, inclinándose hacia ella.

Angela asintió con fuerza.

—Mucho, tío.

Él le acarició el cabello.

—Me alegra que te guste el museo. Ya casi entramos a la sala principal.

Angela sonrió, pero volvió a mirar alrededor.

«Tiene que estar aquí», pensó. «Tiene que estar».

Entraron.

Entonces ella sacó el iPad con manos rápidas y miró la pantalla. William no estaba conectado; el pecho se le apretó un poco. Siguió caminando junto a Mike mientras él observaba una exhibición de dinosaurios y máquinas antiguas.

Pasaron unos segundos largos, hasta que Angela volvió a mirar.

Nada.

Y justo cuando el miedo empezaba a asomarse, la pantalla cambió.

Llegaron al lugar que William le había dicho. Era una zona amplia del museo, con una instalación enorme que llamaba la atención de todos.

—Ok... ya veo por qué querías venir —dijo Mike, señalando—. Mira ese cohete gigante.

Angela levantó la vista solo un segundo, asintió, pero sus ojos ya estaban buscando otra cosa, mejor dicho a alguien.

Entonces Mike se distrajo de inmediato cuando un guía comenzó a explicar algo a un grupo cercano; él asintió, hizo una pregunta, se quedó escuchando.

Angela aprovechó.

Miró entre la gente una y otra vez, con el corazón latiéndole cada vez más rápido, hasta que lo vio.

William.

Estaba de espaldas, lo reconoció por el cabello parecido a la zanahoria y la mochila que siempre veía en las videollamadas. Y a su lado había dos personas. Una mujer le sostenía la mano con cariño y junto a ellos, un hombre alto, de hombros anchos, inclinado hacia William como si le estuviera hablando.

El pecho de Angela se apretó con fuerza, tanto que el aire le faltó.

«Ese es... Ese tiene que ser...»

El corazón le empezó a latir fuerte y sin pensarlo comenzó a correr.

—¡WILLIAM! —gritó con toda su voz.

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