C33-TE ODIO, PERO ERES MÍA
CHICAGO / OCHO AÑOS ATRÁS.
El loft olía a sexo y a traición.
Aquiles lo supo antes incluso de que el ascensor se detuviera. El aroma dulzón del perfume de Blair mezclado con sudor ajeno y el regusto metálico del miedo que aún no había nacido. Las luces bajas, las copas de Burdeos medio vacías sobre la mesa de ébano, un tanga de encaje negro tirado como basura junto al sofá de cuero italiano de treinta mil dólares, las malditas velas de cera de abeja agonizando junto a la ventana que daba al Michigan, testigos mudos de lo que nunca debió ocurrir.
Había aterrizado a las 2:00 de la madrugada tras cerrar un acuerdo de 2.400 millones en Singapur. Y no fue al ático de Lake Forest, tampoco llamó a su chófer. Solo tomó el Bentley negro él mismo y condujo directo a este loft que compró para ella en secreto, el lugar donde la follaba cuando el mundo dormía y donde le recordaba que su vínculo compartido no era barrera, sino una cadena.
Quería enterrarse en su calor.
Quería borrar con su polla la distancia de siete días que lo había vuelto loco.
En cambio, el destino le regaló una ejecución pública.
Caminó por el pasillo sin hacer ruido, sus mocasines Loro Piana no tocaban el suelo; flotaban. Décadas entrenando con los SEAL le habían enseñado a convertirse en nada.
En ser una sombra. En el filo de un cuchillo que aún no decide dónde cortar.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta, dejando solo una rendija de luz ámbar, pero eso fue suficiente.
La vio.
Blair.
Su hermanastra. Su debilidad. Su propiedad.
Desnuda sobre las sábanas de hilo egipcio de mil quinientos hilos, junto al cuerpo bronceado de Matthew pegado a su espalda como una marca de propiedad barata, un brazo posesivo alrededor de su cintura estrecha y las sábanas revueltas, húmedas, acusadoras.
El tiempo se detuvo, pero luego se rompió.
Aquiles no gritó. No destrozó nada. Simplemente sintió cómo algo dentro de él —el último resto de humanidad— se convertía en odio.
Blair despertó porque el colchón se hundió con un peso que no pertenecía a Matthew, abrió los ojos y el oxígeno se volvió vidrio roto en sus pulmones.
Aquiles estaba allí.
De pie al pie de la cama, su silueta recortada contra la luz, llevando su traje Brioni negro hecho a medida, aún arrugado del vuelo, camisa blanca abierta en los dos primeros botones, mangas remangadas mostrando antebrazos surcados de venas y tatuajes y ese cabello castaño oscuro que tanto conocía de memoria, desordenado, y los ojos color whisky quemado, ahora convertidos en dos pozos sin fondo.
Matthew roncaba a su espalda, ajeno.
—Aquiles… —La voz de Blair salió suave, pero entonces sintió el peso detrás de ella y al girar y ver el cuerpo de Matthew, su cara se llenó de pánico—. ¡¿Qué está pasando?! ¿Qué… qué hace él aquí? —Blair lo miró con el miedo en cada célula de su cuerpo y negó—. No sé… Yo… puedo…
Aquiles ladeó la cabeza, elegante, civilizado, mortal.
—¿Explicar? —Su voz era terciopelo sobre acero. Baja. Precisa. Sin alzar un solo decibelio—. Mis ojos funcionan perfectamente, hermanita.
La palabra "hermanita" cayó como un collar de diamantes envenenados alrededor de su cuello. Ella intentó levantarse, cubrirse, pero él alzó una mano, un gesto mínimo y el mundo entero se detuvo.
—Quieta.
Blair se congeló ya con las lágrimas a punto de caer.
—Aquiles…
—Despierta a tu puta —ordenó.
—Aquiles, por favor… escúchame… yo…
—No voy a repetirlo.
Ella temblaba, pero se giró, extendió una mano temblorosa y sacudió a Matthew. Él abrió los ojos con pereza animal, tardó tres segundos eternos en registrar: Blair desnuda, Aquiles de pie como un verdugo que viene a cobrar venganza.
—¡Joder! —se incorporó, enredado en las sábanas—. Yo, yo…
—Cállate —dijo Aquiles, fulminándolo con la mirada y Matthew se calló.
Blair se envolvió en la sábana como en una armadura de papel, se puso de rodillas sobre el colchón, con lágrimas ya cayendo.
—No sé qué pasó… Te lo juro. Bebimos demasiado… me desmayé… y ahora él está aquí…
Matthew soltó una risa baja, ebria, cruel.
—Mientes, cielo.
Blair se giró hacia él, horrorizada.
—¿Qué?
Él sonrió.
—No te acuerdas, ¿o pretendes echarme toda la culpa a mí? —Se lamió los labios—. Pero yo sí te voy a quitar la careta. Te follé como a una perra en celo, gemías mi nombre, pedías más, estabas empapada, Blair. Dispuesta, muy dispuesta.
El alma de Blair se quebró en mil pedazos y negó rápido.
—Y ahora este gusano dice que te ha tenido, que has gemido para él, que le has abierto las piernas como me las abriste a mí. —Su mano se cerró un poco más—. ¿Sabes lo que eso provoca en mí, Blair? Provoca un odio tan denso que me asfixia y aun así… aunque te arrancara el corazón, seguirías latiendo para mí.
—A… A… Aquiles, te lo juro… —trató de explicarse.
—Te odio —la cortó. Por primera vez su voz se quebró, solo un instante—. Te odio tanto que me duele respirar. Pero eres mía y me importa una m****a si te has abierto de piernas para medio Chicago. Me importa una m****a si has vendido secretos de la familia, si has firmado tu propia ruina. Eres mía desde el primer beso robado en el jardín de la casa de campo cuando tenías quince años. Lo eres ahora y lo serás cuando te rompa y te reconstruya.
Ella sollozaba.
—Y aún no te he dicho lo peor.
Sacó el móvil del bolsillo interior, con la otra mano aún sujetando su rostro, leyó con voz helada y precisa.
—Transferencias a paraísos fiscales. Documentos filtrados a nuestros competidores asiáticos. Correos firmados con tu clave. Mis abogados ya tienen el dossier. Robo. Espionaje industrial. Fraude. Quince a veinticinco años en una prisión de máxima seguridad.
—¡No! —gritó ella como pudo—. ¡Yo no hice eso! ¡Alguien me incriminó! ¡Matthew… todo esto es una trampa!
Aquiles soltó su mandíbula y se enderezó, mirándola con distancia clínica.
—¿Quién te incriminaría, Blair? Mi padre te adora, yo te he dado todo y así pagas. ¿Traicionando a la familia?
Ella negó, desesperada y buscando aire.
—Te lo juro… no sé qué es todo esto… yo no sé qué está pasando…
Él miró sus lágrimas y por un momento quiso creerle, pero las pruebas estaban allí. De hecho, cuando le enviaron la información de la empresa, se dijo que no le importaba, que podía vender el conglomerado familiar y él buscaría la manera de limpiarla.
¿Pero esto?
¿Qué ella follara con otro? Eso no podía soportarlo. Quería odiarla, detestarla, matarla de su sistema, pero Blair se había incrustado prácticamente en su alma. Y aunque se hubiera revolcado con otro, no estaba listo para dejarla. Sospechaba que nunca lo estaría.
Por eso, se inclinó sobre ella, su mano se cerró en su nuca y la atrajo con violencia contenida, para luego estrellar su boca contra la de ella en un beso que no era amor: era castigo, era marca, era promesa de ruina.
Dientes. Lengua. Sangre. Lágrimas. Un odio puro destilado en deseo enfermo y cuando se separó, sus labios rozaron los de ella una última vez.
—Te odio —susurró—. Pero eres mía. Y si tengo que destruirte para recordártelo… lo haré con placer.
La soltó.
Salió.
La puerta se cerró con un clic suave y Blair se quedó sola en la cama, temblando, hecha pedazos. Sin saber aún que dentro de su vientre ya latían dos corazones que lo cambiarían todo… y que Aquiles, cuando lo descubriera, no sabría si los amaría o los destruiría junto con ella.

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