C35- ME REPUGNA RECORDAR QUE UNA VEZ TE AMÉ.
Aurora se rio, se giró completamente hacia él, con los ojos brillando de un desprecio que no se molestaba en disimular.
—¿Una señal? —repitió, su voz goteando veneno—. ¿De qué, Angelo? ¿De que el universo conspira para que sigas torturándome con tu presencia? Por favor, no me hagas vomitar. No hay nada que hablar. Todo está dicho, gritado, llorado y olvidado. O al menos, yo lo he olvidado. Tú pareces no poder soltar el hueso.
Angelo la miró, y por un instante, algo se quebró en su expresión: un destello de dolor crudo, como si sus palabras hubieran clavado una daga en el centro de su pecho. Él siempre había sido el fuerte, el indiferente, el que mantenía las distancias en su matrimonio para no mostrar lo que realmente sentía. Pero ahora, en la penumbra del auto, con el motor muerto y el mundo detenido, ese secreto amor que había guardado como un tesoro envenenado empezaba a sangrar.
Abrió la boca para responder, pero Aurora no le dio espacio.
—No me mires así, como un perro apaleado —continuó ella, implacable—. ¿Sabes qué? Ayer, cuando me llamaste, no fue porque te importara una mierd4. Fue porque supiste de mi almuerzo con Logan. ¿Celos, Angelo? ¿Después de años de ignorarme, de tratarme como nada? Pues déjame decirte que no hay nada que decir porque todo lo que pudimos ser se pudrió por tu culpa. Así que llama a la grúa, arregla tu maldito auto y déjame en paz. O mejor, camina lejos de mí.
Angelo se recostó contra el asiento, con el peso de sus palabras aplastándolo. El dolor era agudo, como si ella hubiera arrancado el velo de su secreto y lo pisoteara sin piedad. La amaba, Dios, cómo la amaba, pero esa indiferencia que él mismo había cultivado ahora se volvía en su contra, un boomerang que lo golpeaba en el pecho.
No dijo nada; solo miró por la ventana, y entonces cayó la primera gota.
Gotas gruesas empezaron a salpicar el parabrisas, primero esporádicas, luego un diluvio furioso que tamborileaba contra el techo como dedos impacientes. Aurora miró hacia arriba, frunciendo el ceño, y soltó una maldición.
—Maldita sea.
Angelo, aún recuperándose del latigazo de sus palabras miró a los lados a través de la cortina de lluvia. La carretera era un tramo desolado, pero a unos metros adelante, entre la maleza empapada, divisó una vieja caseta abandonada, quizás un refugio para trabajadores de mantenimiento o un puesto olvidado de peaje.
Era pequeña, desvencijada, con el techo inclinado y paredes de madera carcomida, pero al menos ofrecía algo de protección.
—Hay una caseta ahí adelante —dijo él, señalando con la cabeza—. No está lejos. Podemos esperar ahí hasta que pase la tormenta o llegue ayuda. Vamos.
Aurora lo fulminó con la mirada.
—No voy a ir contigo a ningún lado. Prefiero mojarme hasta los huesos que fingir que esto es una aventura romántica. Llama a la grúa y quédate aquí solo.
Justo entonces, un trueno ensordecedor retumbó en el cielo, un estruendo que sacudió el auto como un gigante enfurecido. Aurora dio un salto involuntario en el asiento con sus ojos abriéndose de par en par por un segundo de puro pánico instintivo.
Angelo le dio una sonrisa sardónica a pesar del dolor que aún latía en su pecho.
—Vaya, la reina de hielo se asusta de un trueno. ¿Quieres que te abrace?
—Muérete.
Angelo le guiñó un ojo y salió del auto ya mojándose todo.
—Bien, quédate aquí sola. Pero... los truenos son peligrosos, ¿sabías?
Cerró la puerta y ella bufó y el siguiente relámpago iluminó el cielo haciéndola reconsiderar. No le quedaba más remedio que seguirlo a la caseta; la lluvia ahora era un muro implacable. Aun así, salió del auto a regañadientes, empapándose en segundos, y corrió tras él maldiciendo su mala suerte.
Entraron tropezando, el lugar estaba lleno de telarañas y cosas viejas amontonadas en las esquinas.
Angelo encendió la linterna de su teléfono.
—Lo que me faltaba —masculló Aurora, sacudiéndose el agua de los brazos mientras inspeccionaba el desastre—. Atrapada contigo en un basurero olvidado por Dios.
Angelo se apoyó contra la pared, quitándose la chaqueta empapada y la miró con el rostro ensombrecido por la tristeza.
—¿Desde cuándo te volviste una bruja? ¿Dónde está la Aurora amable y dulce que...
—Esa Aurora se acabó —lo cortó—. Se murió hace mucho.
Luego soltó una risa fría.
—En este mundo, los amables solo sirven para que los pisen. Yo ya aprendí, que es mejor ser martillo que clavo.

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