Eleonor soltó una leve sonrisa, alzó apenas las cejas y miró a Jaime.
—Oye, Jaime, ¿tienes el número del jefe de seguridad?
Jaime se quedó pensando unos segundos.
—¿De Marco?
Eleonor asintió.
—Sí, de él.
—¿Y para qué lo quieres?
Jaime no entendía bien lo que planeaba, pero en el fondo sentía que todo esto estaba en manos de Eleonor desde el principio.
Bruno se metió en la conversación, con una mueca burlona.
—¿A poco quieres su número? No irás a buscarle bronca al de seguridad solo para no admitir tu error, ¿verdad? No vayas a ir con tus cuentos a hacerle perder el tiempo.
A esa edad, una chica como Eleonor aún no sabía medir consecuencias. No era raro que hiciera algo así.
Pero Eleonor, al ver sus caras de suficiencia, dejó ver en su expresión cierto desdén. Con sus dedos largos, señaló a través del vidrio el techo del laboratorio.
—¿Saben por qué hay dos detectores de humo en este laboratorio?
—¿Y eso qué tiene de raro? —reviró Gael, sin darle importancia—. Aquí es donde se maneja la información más importante del área, todos los datos clave salen de aquí. Obvio que la seguridad contra incendios es prioridad…
Aunque, claro, ninguno de ellos se hubiera puesto a fijarse en esas cosas antes.
—No es por eso —corrigió Eleonor, sonriendo—. Es para cuidarse de la gente traicionera.
Bruno la miró con desconfianza y se fue poniendo serio.
—¿Qué estás insinuando?
Eleonor, serena, les explicó:
—El detector de la izquierda sí es normal, pero el de la derecha es una cámara de vigilancia. Usa un circuito propio, así que aunque haya apagón o se vaya la luz en el área, sigue grabando todo.
Mientras hablaba, volvió a voltear hacia Jaime.

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