Por suerte, las cosas salieron como Benicio esperaba. Por un instante, la mirada de Florencia se nubló, como si el suelo se le hubiera movido bajo los pies.
Florencia siempre había creído que, después de tantos años, aunque alguna vez lo hubiera querido de verdad, ya no le quedaban muchos sentimientos por él. Sin embargo, al ser tratada de esa manera, sintió una punzada en el pecho.
Sabía que era atractiva; no era la primera vez que escuchaba comentarios así. Pero sí era la primera vez que le resultaba tan humillante.
Benicio estaba seguro de que Florencia iba a perder el control, que iba a gritarle en la cara como antes, o tal vez hasta soltarle una cachetada. Pero, en vez de eso, ella se apoyó en el marco de la puerta y soltó una risa suave.
—Eso depende de cuánto quieras pagar —dijo, mirándolo directo a los ojos—. Porque, la verdad, sobran los que quieren pasar la noche conmigo.
Aprovechando su desconcierto, Florencia dio un paso atrás y de un portazo dejó a Benicio afuera.
¿De verdad había dicho eso? Benicio casi pensó que estaba alucinando. Miró la puerta cerrada, respiró hondo intentando calmarse, pero el malestar seguía ahí. Quiso patear la puerta, pero al final giró y descargó su rabia contra la pared.
—¡Ah! —el dolor subió por su pierna y lo obligó a saltar un par de veces en el mismo sitio. Apretó los dientes y masculló—: Vamos a ver quién se atreve a tocarte, carajo…
...
Ese mismo día, Eleonor seguía atendiendo pacientes en el consultorio cuando recibió una llamada de Rufino.
—Cuando tengas un rato libre, pásate por la sucursal del Grupo Estrada en Frescura —le pidió él—. Hay un proyecto médico donde podrías ayudarnos. Me gustaría platicar contigo.
Cuando terminó sus consultas, Eleonor miró la hora, se arregló rápidamente y salió rumbo al Grupo Estrada.
Aunque era solo una sucursal, el edificio de oficinas del Grupo Estrada no pasaba desapercibido. Había pasado por ahí infinidad de veces: la ubicación era inmejorable y la arquitectura moderna y llamativa.
Lo que no esperaba era encontrarse con una vieja conocida apenas puso un pie dentro del edificio.
Desde que la abuela Rodríguez había insistido en que Virginia se acercara a la familia Estrada, ella había estado rondando por ahí varios días seguidos. Pero siempre terminaba igual: la recepción y los guardias no la dejaban subir, ni siquiera la dejaban acercarse a los elevadores.
En ese momento, Virginia discutía acaloradamente con la recepcionista.
—Te lo repito, puedo tratar la pierna de la señora Estrada. Solo déjame entrar. Cuando vea al señor Rufino, le explicaré todo y te aseguro que no se la va a agarrar contigo.
Virginia ya estaba harta de tantas vueltas.
La recepcionista, con una sonrisa tan profesional como distante, respondió:
—Lo siento, si quiere ver al señor Estrada debe agendar una cita con su secretaria…

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