—¡Por supuesto!
Virginia respondió a toda prisa, pero apenas giró la cabeza y vio a Rufino, con esa elegancia que lo caracterizaba, se dio cuenta de la tontería que acababa de soltar.
La hija mayor de la familia Estrada, esa que se movía como pez en el agua en la política, tampoco llevaba mucho tiempo divorciada.
Ella también era una mujer divorciada.
Eleonor, con una sonrisa desdeñosa en los labios, la miraba de reojo. Virginia, aunque por dentro estaba hirviendo de coraje, sólo pudo forzar una risa y mirar a Rufino.
—Señor Estrada, no me malinterprete, jamás quise decir que todas las mujeres divorciadas fueran así.
De paso, aprovechó para lanzarle una puñalada a Eleonor.
—Lo que pasa es que conviví mucho tiempo con Eleonor como cuñadas y, la verdad, su carácter deja mucho que desear. Sólo me preocupa la familia Estrada...
—No es necesario —la interrumpió Rufino, posicionándose firmemente junto a Eleonor—. Yo prefiero juzgar con mis propios ojos. Después de este tiempo tratando con la doctora Muñoz, puedo decir que tanto su ética como sus habilidades son de lo mejor.
Rufino hizo una pausa breve y su mirada se volvió impasible al posarse sobre Virginia.
—Señorita Soto, dejar de meterse en lo que no le importa sería lo mejor para todos.
Sus palabras, tan serenas como cortantes, dejaron a Virginia con la cara alternando entre el enojo y la humillación.
¿Así que Eleonor era una profesional de primera y ella no? ¿Ahora la tachaba de metiche?
Y pensar que la fama del segundo hijo de los Estrada era la de un hombre amable, incapaz de humillar a nadie sin motivo.
Seguro que fue Eleonor, esa víbora, quien aprovechó la rehabilitación de la señora Estrada para manipularlo todo y dejarla mal parada ante la familia.
Eleonor, por su parte, sólo quería terminar de hablar con Rufino sobre el trabajo e irse al laboratorio. No le apetecía perder más tiempo con Virginia.
De hecho, ya hasta le daba asco dirigirle la palabra.
—Señor Rufino, vámonos —le dijo Eleonor, sin vacilar.
Rufino asintió y juntos caminaron hacia el elevador.
Virginia, viendo que se iban y recordando su objetivo, corrió tras ellos sin importarle el ridículo.

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