La habitación de hospital era una suite VIP con sala y dormitorio.
Ambas seguían en la sala. Yolanda echó un vistazo a la puerta del dormitorio, que estaba medio abierta, y bajó la voz para preguntar:
—¿No me dijiste por teléfono que estaba embarazada? ¿Y el bebé? ¿Está bien, lo logró?
Temía que, si las cosas no habían salido bien y Eleonor la escuchaba, no podría evitar ponerse triste.
Simona respondió con tranquilidad:
—Está bien, solo necesita descansar y cuidarse mucho.
—Eso sí que es una bendición —soltó Yolanda, dejando escapar el aire que tenía atorado en el pecho.
La verdad, desde que recibió la llamada y se enteró del accidente de Eleonor, no había podido tranquilizarse ni un segundo. Se sentía inquieta, como si algo le pesara en el alma.
Era el mismo presentimiento que tuvo hace años, cuando Simona se fue a trabajar a comunidades rurales y se enfrentó a un deslave. Pasó un día y una noche entera sin pegar el ojo, hasta que le llegó la noticia de que Simona estaba bien.
Eleonor, desde la habitación, alcanzó a oír la plática cuidadosa entre madre e hija. Cuando vio que Yolanda entraba, le sonrió con dulzura.
—Señora Estrada, de verdad estoy bien, y el bebé también.
Ella misma se había revisado el pulso. Lo de la frente solo era un raspón superficial.
El bebé sí había recibido un pequeño susto, pero nada grave. Como dijo Simona, con reposo todo estaría bien.
Yolanda notó que sus labios se veían pálidos, y frunció el ceño.
—¿Y así dices que no te pasa nada? ¿Por qué viniste a Aguamar de repente? De verdad, niña, si ibas a venir, ¿por qué no me avisaste? Yo hubiera mandado a alguien por ti a Frescura, y nada de esto habría pasado.
Nadie se atrevía a meterse con un carro de la familia Estrada porque todo el mundo sabía a quién pertenecía.
La pregunta dejó a Eleonor sin palabras, como si tuviera una piedra atorada en la garganta.
Tardó un poco en responder, y cuando por fin lo hizo, su voz sonaba muy suave:
—Vine a visitar a mis papás. Hoy es su aniversario luctuoso. Como usted estaba organizando el cumpleaños de Leopoldo Estrada, no quise molestarla demasiado.
Si no hubiera sido porque sus padres la trajeron desde Centroamérica, probablemente no estaría viva.
Aunque no eran sus padres biológicos, tanto la vida como la crianza eran motivos suficientes para considerarlos sus verdaderos padres para siempre.
Solo le dolía no saber dónde estaban sus padres biológicos ni quiénes eran.
Yolanda soltó un suspiro, ya sin ganas de seguir regañándola. Recibió de manos de una empleada una taza de sopa.

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