El corazón de Benicio se encogió al escuchar esas palabras.
—¿Cómo que no hay que buscarla? ¿A qué te refieres con eso?
—Ella está conmigo. No está tan lastimada, no tienes que preocuparte.
Simona, sabiendo que su hermano menor andaba buscando el paradero de Eleonor para alguien más, no pensó en ocultar nada. Cambió el tono y agregó:
—Pero ya es muy tarde, necesita descansar. Mañana te paso la dirección.
...
Benicio apenas había sentido un poco de alivio cuando escuchó esa frase, y la tensión volvió de golpe. Entre la presión de Iker y la preocupación, suplicó:
—Hermana, por favor, pásame la dirección ahora. Solo quiero verla, aunque sea un momento, te lo juro.
—Tu... tu... tu...
Del otro lado, solo quedó el tono mecánico del teléfono cortado.
Benicio dejó el celular sobre la mesa con resignación. Se topó con la mirada de Iker, totalmente derrotado.
—No es que no quiera ayudarte, de veras que no puedo hacer más. Además, en Aguamar, si mi hermana decide esconder a alguien, no hay quien la haga cambiar de idea.
Toda la red de información de la familia Estrada estaba bajo control de su hermana mayor. Por eso, aunque Rufino había intentado investigar, tampoco había logrado sacar nada.
—Ya hiciste bastante.
Iker soltó un suspiro pesado. Al fin aflojó la tensión que había tenido todo el día; su semblante se veía más sereno, aunque en el fondo, seguía sintiendo ese ahogo en el pecho, como si hubiera estado al borde del abismo.
Se inclinó hacia adelante y volvió a exhalar, tratando de calmarse, pero el susto seguía ahí, rondando en su interior. Todo el día había imaginado mil escenarios imposibles.
Por suerte, ninguno se había hecho realidad.
Lo importante era que ella estaba bien.
Estando con Simona, Eleonor estaba más segura que en cualquier otro lugar.
Iker se masajeó el entrecejo y contestó la llamada de César.
—Señor, ya atraparon al responsable. Parece que la familia Estrada intervino y están investigando toda la noche.
—Perfecto.
Benicio, confundido, revisó en su celular el número de habitación que le había dado su hermana.
—No me equivoqué, es aquí.
En el rostro de Iker, tan acostumbrado a la seriedad, se dibujó una emoción imposible de ocultar. Empujó la puerta y entró sin pensarlo dos veces.
Dentro, vio a Eleonor medio recostada en la cama, contemplando su vientre con una expresión tranquila y dulce. Iker tragó saliva, todas las palabras que tenía en la garganta se atoraron. Al final, solo pudo preguntar, directo y ansioso:
—¿Tú... tú estás embarazada?
Se cruzaron las miradas. El corazón de Eleonor dio un vuelco y sus dedos se aferraron a la sábana. Miró a Iker, esos ojos oscuros que conocía desde niña, y por primera vez no supo cómo negar lo que era evidente.
Iker la conocía demasiado bien. Notó de inmediato la inquietud que cruzó por su rostro, y también se puso nervioso.
—¿Fue... fue esa noche, verdad?
La emoción era tan fuerte que los ojos de Iker se humedecieron. La chica a la que amaba, en ese momento, llevaba a su hijo en el vientre.
La idea lo desbordó. Dio dos pasos enormes hacia la cama, el corazón a punto de salirse del pecho. Sus labios temblaron mientras decía, con voz entrecortada:
—Cuando te recuperes, nos casamos...

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