Oliver, astuto como un zorro viejo, notó que ella empezaba a dudar y le habló en un tono más comprensivo.
—Este asunto es muy delicado y salpica a demasiada gente. Nadie me va a entregar las pruebas tan a la ligera. Dame algo de tiempo y te juro que las verás. Tus padres y yo éramos viejos amigos, jamás bromearía con algo así. Además, ¿qué ganaría yo con mentirte?
Eleonor bajó la mirada, ocultando cualquier rastro de emoción en su rostro.
Se quedó en silencio por un largo rato, sumida en sus propios pensamientos, hasta que volvió a mirar a Oliver con una expresión impasible.
—Sea como sea, no creeré nada de esto hasta que no tenga las pruebas frente a mí.
Sin darle oportunidad de responder, agarró su bolso y se marchó con paso apresurado, lanzando una última indicación.
—Pídele a la enfermera que te quite las agujas en treinta y cinco minutos.
***
Nil Jiménez había aceptado con gusto que retomara las consultas, pero en la práctica, le bloqueó la agenda para que no recibiera pacientes adicionales.
Sus horas de trabajo se habían reducido considerablemente en comparación con el pasado.
Aun así, a ella le parecía una excelente medida. Al estar en la recta final de su embarazo, pasar demasiadas horas sentada no le favorecía para nada.
Ahora, ese horario le venía como anillo al dedo.
Al salir de la Clínica San Jorge, caminó hacia el estacionamiento por pura costumbre para buscar su coche.
—¿Señorita Eleonor?
Apenas dio media vuelta, la voz de Joaquín la detuvo.
Eleonor se giró instintivamente, dándose cuenta de que Iker se había preocupado por ella y le había enviado transporte.
—¡Ay, Joaquín! —dijo Eleonor llevándose una mano a la frente mientras se acercaba—. Se me había olvidado por completo que vendrían por mí.
Joaquín le abrió la puerta del auto y le respondió en tono de broma:
—El jefe ya se lo imaginaba, por eso me mandó hace una hora para que la estuviera esperando aquí.
Eleonor no pudo evitar soltar una carcajada y se acomodó en el asiento. Una vez que Joaquín subió al auto, ella le dirigió la palabra.

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