Por un instante, Eleonor se quedó atónita, y casi sin pensar se defendió:
—No fui yo.
—No importa si fuiste tú o no, ve y pídele perdón a Virginia —ordenó Fabián, con un tono que no admitía discusión.
Eleonor ignoró el dolor punzante que le provocaba el apretón en el codo y, terca, se detuvo en seco. Por más que él tiró de ella, no se movió ni un centímetro.
—Ya te dije que yo no lo hice. ¿Por qué tendría que pedirle disculpas?
—Ellie...
Fabián se quedó quieto por un momento. Desde arriba, la miró con una mezcla de decepción y autoridad.
—Si esto hubiera pasado antes, te lo juro que no habría dudado en creerte.
—Pero ahora... ya no sé ni quién eres.
Durante estos días, Fabián había notado todos los cambios en ella. La otra vez, cuando Virginia acabó con la cabeza llena de sangre, prefirió convencerse de que solo había sido un arrebato, que cualquiera podía perder el control. Después, con la excusa de la clínica, Eleonor salía de casa desde temprano y regresaba tarde, y las cosas del hogar le importaban cada vez menos. Incluso cuando Blanca le pidió una receta de comida especial para niños, ella se la negó sin dudar. Él se decía a sí mismo que era normal, que todavía era joven y necesitaba madurar.
Apenas unos días antes, el escándalo en el restaurante los dejó mal parados a él y a Virginia, y encima, ella se atrevió a burlarse de ambos sin filtro alguno. Fabián intentó no darle importancia.
Pero, sumando todo, ¿en qué momento dejó de ser la muchacha dulce, sensata y considerada que recordaba?
¿Cómo podía seguir creyendo en ella?
Eleonor apretó los labios. Cuando levantó la mirada, ya se había quedado en calma.
—Entonces, cree lo que quieras.
¿Su confianza? ¿Quién dijo que eso era algo tan valioso?
Los que investigan son los policías, no él.
—¿Qué dijiste? —preguntó Fabián, mirándola fijo. Poco a poco, su cara atractiva solo reflejaba desilusión.
No entendía en qué momento ella se había vuelto así.
Antes de hablar, había reflexionado bastante. Sabía que sus palabras iban a dolerle, que quizás se sentiría herida o triste.
Jamás imaginó esa reacción.
Llegados a este punto, Eleonor no tenía problema en decir las cosas como eran.
—Fabián, te estoy agradecida. Estos tres años me permitiste trabajar tranquila, y también lograste que la familia Rodríguez no se metiera en mi vida.
—Pero eso no significa que tenga que aguantar todos tus reproches.
—¿Qué quieres decir...? —Fabián siempre había sido perspicaz. Y en cuanto entendió el trasfondo, sus ojos se volvieron filosos, como si quisieran cortarla.
—¿Todo este tiempo me usaste? ¿Usaste a la familia Valdés?
Solo de imaginar que durante esos tres años toda la dulzura, la sumisión, todo lo que creyó real era solo una fachada...
Hasta el matrimonio, ¿todo fue parte de su plan?
Si todo había sido una estrategia...
Entonces, ¿las emociones que le mostró, sus enojos, sus sonrisas, su tristeza... también fueron fingidas?
El coraje le revolvió el pecho, pero al mismo tiempo, una pesadez lo ahogó. No lograba descifrar qué sentía, era tan extraño, tan ajeno, que ni siquiera sabía cómo ponerle nombre.

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