Tanto Venancio como Xavier estaban parados en el pasillo, justo afuera de la puerta.
A Nanette le pareció sumamente extraño.
No había forma de que los dos estuvieran haciendo guardia ahí afuera solo para recibirla.
—Está adentro —le indicó Venancio—. Pasa.
Sin darle más vueltas al asunto, Nanette abrió la puerta y entró.
Las luces principales estaban apagadas. El lugar solo estaba iluminado por las lámparas de la pared, que bañaban toda la habitación en un resplandor cálido y ambarino.
La luz era tan tenue que no lograba ver a nadie con claridad.
—¿Noel? —llamó, buscando a su alrededor.
Nadie respondió.
Se acercó a tientas a la pared, buscando el interruptor principal.
Al encender las luces, se quedó sin aliento.
El enorme salón VIP estaba completamente repleto de flores.
El suelo estaba cubierto por una alfombra de pétalos de rosa, y el aire olía a un exquisito aroma a gardenias.
Su flor favorita.
De la nada, un inmenso ramo de rosas blancas apareció frente a su rostro, sosteniéndolo alguien que estaba detrás de ella.
En medio de las flores había una pequeña tarjeta escrita a mano.
No necesitaba más que un vistazo a la caligrafía para saber de quién se trataba.
Una voz ronca y seductora susurró en su oído.
—Esposa mía... me equivoqué.
En ese instante, Nanette entendió que había caído en una trampa.
Esos tres cómplices se habían puesto de acuerdo para engañarla.
Pero, extrañamente, le resultaba imposible enojarse.
Sabía perfectamente que Noel no era un hombre de gestos románticos grandilocuentes.
Todas estas flores, el ambiente y esa carta de disculpa, debían haberle costado todos los recursos y la paciencia del mundo.
Nanette se dio la vuelta y aceptó el ramo.
—¿Por qué rosas blancas?
Las manos de Noel se posaron suavemente en su cintura.
—Venancio lo investigó. Dijo que para pedir perdón, las rosas blancas son las mejores porque representan un arrepentimiento puro y sincero.
Cualquier rastro de enojo que le quedaba se había evaporado en el mismo instante en que vio el salón. Aguantándose la risa, continuó el interrogatorio.
—¿Quién decoró todo esto?
—Xavi, Venancio y yo. Bueno, el personal del club también nos echó una mano con los pétalos.

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