—Yo no —replicó Noel.
—¿Ah, no?
—No. Yo no necesito perderte para saber lo increíblemente afortunado que soy de tenerte.
Nanette le pellizcó suavemente la mejilla.
—Mira nada más. Tus amiguitos te han estado dando buenas lecciones. Qué lengua tan dulce te han sacado.
Noel tomó el ramo de sus manos y lo dejó a un lado, sobre la mesa.
Luego, la envolvió entre sus brazos, estrechándola contra su pecho.
—Siento que hace una eternidad que no me llamas esposo.
Nanette sonrió, apoyando la cabeza en su hombro.
—Apenas ha pasado un día.
—Para mí fue como si hubieran pasado mil años.
Ella deslizó su mano por la espalda de él, acariciándolo con dulzura.
—Esposo.
—¿Mmm?
—La verdad es que... yo también te extrañé.
Esa simple confesión rompió la barrera que los separaba. La añoranza acumulada durante ese día de separación explotó como una ola arrasadora.
Se fundieron en un beso profundo y desesperado. Sus respiraciones se volvieron erráticas y pesadas.
Afuera del salón.
Venancio tenía la oreja pegada a la puerta, intentando escuchar qué estaba pasando.
Xavier lo agarró del cuello de la camisa y lo apartó a la fuerza.
—¡Suéltame! ¿No tienes curiosidad por saber qué están haciendo?
—Te sugiero que dejes de ser curioso —le advirtió Xavier.
—¿Por qué?
—Porque me temo que ver a una pareja feliz solo te va a deprimir más. Digo... considerando que acabas de ahuyentar a tu mujer.
Venancio se quedó sin palabras por un segundo antes de estallar.
—¡Maldito Xavi! ¡Ahora sí te mato!
Los dos amigos se alejaron empujándose por el pasillo.
Antes de irse, Xavier tuvo la decencia de detener a un mesero.
—Quédate en la puerta del Salón del Primer Encuentro. Que nadie los interrumpa por ningún motivo.
Dentro del salón, las cosas se estaban saliendo de control.
Era un territorio peligroso. Una vez que se encendía esa chispa, apagarla era casi imposible.
Se besaban con tal intensidad que estuvieron a punto de dejarse llevar ahí mismo.
La cordura pendía de un hilo, pero sus cuerpos exigían cruzar la línea.

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