Iris se secó las lágrimas de la cara con desesperación.
—Sí. Muchísimas gracias, presidenta Larco. Y a usted también, señor Cortés.
Gael resopló, molesto.
—Son mi familia, mi hermana y mi cuñado. ¿Para qué tanta formalidad y agradecimientos absurdos?
Iris solo atinó a reír tímidamente.
—¿De qué te ríes con esa cara de tonta? —espetó Gael.
—De que estás bien. Mientras tú estés a salvo, puedes regañarme todo lo que quieras.
...
Gael extendió su mano sana hacia ella.
—Ven aquí. Dame la mano.
Iris se sentó a un costado de la cama y colocó su mano sobre la de él.
En cuanto sus pieles entraron en contacto, Gael notó que algo andaba mal.
Le dio la vuelta a la mano de la chica y se quedó de piedra.
La palma de Iris estaba completamente llena de rasguños y piel en carne viva.
Gael frunció el ceño, su expresión ensombreciéndose.
—¿Qué le pasó a tu mano?
Iris intentó retirarla, escondiéndola.
—Nada... me caí por accidente.
—¿Acaso tengo cara de idiota? Te doy una oportunidad más para que me cuentes la verdad.
Iris agachó la cabeza y murmuró en un tono apagado:
—Ese santuario tiene 1080 escalones... Los ancianos de mi pueblo siempre han dicho que, si peregrinas haciendo una reverencia cada tres escalones, golpeando el suelo con la frente hasta llegar a la cima, Dios y la Virgen escucharán y concederán el milagro que pides desde el fondo de tu corazón.
»Así que yo me postré y supliqué...
Gael se quedó mudo por el impacto.
—¿De verdad hiciste una reverencia hasta el suelo en cada escalón?
—Sí...
Gael simplemente no encontraba palabras.
—¿Es que no piensas? Eres demasiado terca.
Nanette se acercó apresuradamente y le arremangó los pantalones a Iris.
Lo que vio la dejó espantada.
Ambas rodillas de la chica estaban cubiertas de espantosos hematomas morados, y la piel de una de ellas estaba tan destrozada que la sangre aún manchaba la tela del pantalón.
Nanette quiso regañarla, pero las palabras se le atoraron en la garganta.
Si eso no era amor verdadero, entonces, ¿qué lo era?

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