Después de conversar a solas por un buen rato, Quintín le dio una última advertencia.
—Tengo el presentimiento de que todo esto ha sido orquestado deliberadamente. Como si alguien en las sombras estuviera moviendo los hilos. Noel, debes andar con mucho cuidado y, sobre todo, no descuides la protección de Nanette.
—Lo entiendo —respondió Noel, asintiendo.
—Y no te preocupes por mi situación. He vivido toda mi vida de manera recta, sin mancharme las manos, así que no tengo miedo de que me investiguen. Tarde o temprano saldrá a la luz que soy inocente.
Noel se quedó en silencio unos segundos antes de responder:
—Sí.
Quintín le hizo unas cuantas recomendaciones más, reafirmando su preocupación.
De pronto, Venancio apareció corriendo por el pasillo.
No quedaba claro si le faltaba el aire por lo rápido que venía o por la intensidad del momento, pero jadeaba tanto que apenas y podía articular palabra.
—Ga... Gael... des... despertó...
Noel ni siquiera esperó a que terminara la frase; salió disparado hacia la habitación.
¿De verdad había despertado?
Si era cierto, al fin podría quitarse ese peso asfixiante del pecho.
Su esposa ya había perdido demasiado en esta vida; no podía permitir que enfrentara otra desgracia.
Y era cierto. Gael había abierto los ojos.
Los doctores lo llamaron un milagro.
Comentaron que la fuerza de voluntad del paciente por aferrarse a la vida era asombrosa.
Poco después de estabilizarse, trasladaron a Gael a una habitación regular.
Aunque le decían «regular», se trataba de la mejor suite VIP individual del hospital.
A pesar de estar consciente, su estado lo obligaba a permanecer postrado; lo único que podía mover con soltura eran la cabeza y las manos.
Su pierna izquierda estaba cubierta de enormes moretones oscuros.
En cuanto a la pierna derecha... ya se la habían acomodado, pero...
Nanette no fue capaz de revelarle la cruda verdad en ese momento.
Si podía postergarlo un día más, así lo haría.
Con un hisopo húmedo, Nanette le humedeció los labios resecos y cuarteados, conteniendo el dolor que sentía en su propio pecho al llamarlo suavemente:
—Gael.
El muchacho se esforzó al máximo por mover las comisuras de los labios para regalarle una sonrisa forzada.
—Nanette...
Al oír su voz, Nanette estuvo a punto de echarse a llorar.
Venancio se señaló a sí mismo.
—Gael, ¿sabes quién soy yo?
El joven soltó una débil sonrisa.
—Venancio... eres Venancio Lenso.

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