Ese no era el estilo de Adrián Zamora.
***
Por la noche.
Noel y Nanette regresaron a Maravilla Encantada.
Melba había preparado un festín, pero Nanette apenas probó bocado.
Tina, que extrañaba a su hermanito, no dejaba de preguntar:
—Nanette, ¿cuándo va a volver mi hermanito?
Nanette respondió, un tanto distraída:
—Se va a quedar en casa del abuelo Cortés por un tiempo.
—Pero yo lo extraño mucho —insistió la niña—. ¿Por qué no vas a traerlo ya?
Nanette hizo acopio de paciencia.
—El abuelo Cortés vive solo y necesita que Aarón le haga compañía. En unos días iré por él.
Pero Tina no se daba por vencida.
—Pero sin él, yo también me siento solita. Que venga unos días y luego lo mandas de vuelta con el abuelo.
Nanette ya no podía dar un bocado más.
—Me tienes a mí, a la abuela Melba y al tío Noel, ¿y dices que estás solita?
Tina se quedó callada, desconcertada.
—¿Te pasa algo, Nanette?
Ella soltó un suspiro.
—No es nada. Terminen de cenar, estoy muy cansada. Me voy a recostar un rato.
La niña siguió a Nanette con la mirada hasta que desapareció en la habitación.
—Tío Noel, ¿qué le pasa? ¿Está triste otra vez por lo que le pasó al tío Gael?
Noel apartó la mirada de la puerta cerrada.
—Sí. Anda, termina tu cena. Cuando termines, haz tu tarea y acuéstate temprano.
—Sí, tío.
Pero a Tina algo le decía que no era solo eso.
Sentía que el tío Noel también estaba raro.
Sin embargo, una mirada severa de Melba bastó para que no hiciera más preguntas.
Al terminar de cenar, Noel se dirigió a la alcoba.
Nanette estaba recostada en la silla reclinable junto a la ventana.
Él se acercó y le dio un suave beso en la frente.
—Comiste muy poco, te va a dar hambre. Si se te antoja algo, dímelo y te preparo algo ligero más tarde.
Nanette abrió los ojos, que brillaban con un ligero velo de lágrimas.
El pecho de Noel se apretó.
—¿Qué tienes?

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