El cabello ya estaba seco, y Noel guardó el secador en su lugar.
Al volver, descubrió que Nanette ya se había metido bajo las sábanas.
Se acercó al borde de la cama, la observó en silencio por unos segundos y luego se metió al baño.
Cuando terminó de bañarse, apartó las sábanas, se metió en la cama y la abrazó por la espalda.
—¿En qué piensas?
La voz de Nanette sonó ahogada.
—En nada.
—Date la vuelta —le pidió él.
Pero ella se negó.
—Dejémoslo así.
Noel insistió con voz muy suave:
—Date la vuelta, hay algo que quiero decirte.
—Dímelo así.
—Necesito mirarte a los ojos para decírtelo.
Tras unos segundos de tensión, Nanette finalmente se dio la vuelta.
Apoyó la cabeza en el brazo de Noel y lo miró a los ojos. Por dentro sentía que su mundo se venía abajo, pero por fuera mantenía una fachada de absoluta calma.
Noel levantó una mano y apartó un mechón de cabello que le caía sobre la mejilla, acomodándolo detrás de su oreja.
—¿Estás triste porque te dije que me molestaba lo que pasó?
Ella apretó los labios y no respondió.
—Ya somos marido y mujer —continuó él—. Y como tal, no debe haber secretos entre nosotros. Te hablé con la verdad. ¿No crees que tú también deberías ser honesta con tu esposo?
Los ojos de Nanette lo miraron con la vulnerabilidad de un niño indefenso.
—Yo... solo estoy un poco triste.
—¿Es por lo que dije? Si es así, te pido perdón. Puedo explicártelo de nuevo si quieres.
Nanette negó con la cabeza.
—No es por ti. Es solo que, cuando recuerdo lo que Galileo intentó hacerme... me da asco. Me siento asfixiada.
Noel la atrajo con suavidad hacia su pecho y la rodeó con sus brazos.
—Ya pasó.
Ella escondió el rostro en el hueco de su cuello, buscando el consuelo que solo esa cercanía podía darle.
—Noel.
—¿Sí?

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