La presencia de aquel hombre hizo que la temperatura de la habitación cayera en picada.
Los músculos tensos de su rostro, el ceño profundamente fruncido, y esa mirada pesada y opresiva... todo apuntaba a una sola cosa.
Estaba frita.
Valeria extendió la mano con la intención de tomarlo del brazo y hacerse la víctima, como solía hacer.
Noel escondió las manos a su espalda, caminó directo hacia Nanette y, con un solo brazo, la atrajo hacia él en un abrazo protector.
Valeria se quedó paralizada en su sitio, en medio de una situación sumamente incómoda.
Acostumbrada a que su primo la mimara, aquel rechazo repentino y distante era algo que simplemente no podía procesar.
—Noel, tú...
Él mantenía el semblante sombrío.
—No me llames por mi nombre. A partir de hoy, nuestro vínculo familiar ha terminado.
El corazón de Valeria dio un vuelco.
—¿Pero por qué?
Noel abrazaba a Nanette con ternura, pero las palabras que dirigía a Valeria eran tan gélidas que cortaban hasta los huesos.
—No hace falta que preguntes el porqué. No eres estúpida, sabes perfectamente por qué.
—Noe...
Valeria estaba muerta de miedo.
La expresión de Noel era de puro hielo.
—¡Que no me llames así!
El repentino aumento en su tono de voz hizo que Valeria diera un respingo. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.
Pero la chica no era tonta; sabía exactamente a quién debía suplicarle.
Se acercó a paso lento hacia Nanette, mordiéndose el labio y poniendo su mejor cara de niña indefensa.
—Nanette...
A Nanette casi le da risa.
Esta muchachita sí que sabía cuándo doblar las rodillas.
Valeria tomó tímidamente el borde de la ropa de Nanette.
—Nanette, me equivoqué.
Nanette esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Parece que eres muy buena admitiendo tus errores.

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