Noel tenía un pequeño hematoma en la muñeca.
Nanette se fijó en la marca de inmediato, y luego subió la mirada para revisar el rostro de su esposo.
Respiró aliviada; su rostro seguía intacto, sin un solo rasguño.
Esa misteriosa conexión de sangre entre padre e hijo hizo que el pequeño Aarón extendiera los bracitos hacia Noel en cuanto lo vio.
Noel sonrió y tomó al bebé en brazos.
Nanette fingió indignación.
—Al final resultó que te prefiere a ti. Tanto sacrificio en el embarazo para que sea un niño de papá.
Noel se inclinó para darle un beso en la mejilla, consolándola con ternura.
—Debe ser una cuestión de códigos de hombres.
Nanette soltó una carcajada suave.
—¿Ah, sí? ¿Y si en el futuro tenemos una niña y también te prefiere a ti? ¿Qué excusa vas a usar entonces?
—En ese caso, tendré que sentarme a hablar muy seriamente con ambos —respondió él, besando la cabeza de su hijo—. Les dejaré muy claro que, en este mundo, a la única persona que tienen prohibido ignorar es a su madre.
Nanette bromeó:
—Ojalá me ignoren. Así no tendré que estar detrás de ellos todo el día y te dejaré toda la responsabilidad a ti.
—Trato hecho. Yo me encargo de ellos, y tú... te encargas de mí.
Poco a poco, arrullado por los latidos del corazón de Noel, el bebé se quedó dormido.
Noel lo recostó con infinita delicadeza en la cuna.
Luego, tomó a Nanette de la mano y salieron juntos de la habitación.
Fue entonces cuando Nanette le mencionó el moretón en la muñeca.
—Déjame ponerte algo en ese golpe.
En realidad, ni siquiera había una herida abierta, no necesitaba ninguna crema.
Pero Noel se dejó cuidar como un niño obediente.
Sabía que hacer eso tranquilizaría el corazón de su esposa.
Nanette le tomó la mano, besó la zona magullada y sopló suavemente, sintiendo un nudo en la garganta.
—Si ya habías convocado la rueda de prensa para arreglar las cosas, ¿por qué tenías que ir a pelear con Adrián? ¿Qué habría pasado si te lastimaba en serio?
Noel tiró de ella suavemente, atrayéndola a su pecho.
—La rueda de prensa fue para darte tu lugar ante el mundo. Ir a buscar a Adrián fue una cuestión de honor. Él te puso una mano encima, así que yo tenía que romperle la suya.
»Y no te preocupes por los golpes. Ese imbécil no está a mi nivel.
Nanette tenía tantas cosas que decirle, pero en ese momento, las palabras no salían de su boca.

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