Nanette se sintió culpable de inmediato.
—¡Papá! ¡¿Cómo puedes decir eso?! Yo nunca pensaría algo así.
—¿Entonces es porque tienes miedo de que Ulises y yo seamos unos metiches y arruinemos su privacidad? —insistió Joaquín.
—¡Por supuesto que no!
—¡Perfecto! Entonces te mudas mañana.
Nanette abrió la boca para replicar, pero Joaquín se le adelantó.
—No te preocupes por nada, esta casa es inmensa. Ni siquiera nos van a ver si no quieren. Ustedes pueden andar a sus anchas; Ulises y yo sabemos muy bien cómo no estorbar a los recién casados.
Ante esa declaración, Nanette ya no tuvo cara para negarse.
Ella sonrió, completamente derrotada.
—Está bien, papá. Lo que usted diga. Nos mudaremos en un par de días.
—¡Ulises! —gritó Joaquín de inmediato—. ¡Mañana a primera hora quiero que envíes a un equipo para que empaque las cosas de mi nuera!
Ulises sacó su teléfono al instante.
—Enseguida, Don Joaquín. Llamaré a la empresa de mudanzas ahora mismo.
Nanette no pudo evitar reírse a carcajadas.
¡Esto nunca fue una consulta! ¡Lo tenían todo planeado desde el principio!
¡Y el drama que le había montado minutos antes!
Su suegro era terrible, peor que un niño berrinchudo.
Joaquín finalmente posó su mirada en la muñeca magullada de Noel.
Pero decidió no comentar nada al respecto.
En lugar de eso, cambió de tema.
—Mañana llegan esos dos inútiles a la ciudad. Mandaré a alguien a recogerlos al aeropuerto, pero tienes que pensar muy bien dónde los vamos a alojar.
Noel asintió.
—Mi tío ya está en una edad en la que debería retirarse a descansar. En cuanto a mi primo Dante, le encontraré un puesto en alguna de las filiales del grupo que no requiera mucho esfuerzo.
Joaquín resopló con desdén.
—¿Un puesto para ese bueno para nada? Lo único que sabe hacer es apostar, tomar y derrochar dinero.

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