Las palabras de Valeria resonaron en la mente de Jovita.
«Van a casarse».
Esa frase había sido como una aguja clavándose directo en su corazón.
Durante todo el trayecto hacia el club, sintió que le faltaba el aire.
Ahora, repitió esas mismas palabras frente a Galileo.
—Van a casarse.
Galileo se quedó helado.
—¿Nanette y Noel?
—Sí.
Hubo otro largo silencio.
—¿Y qué con eso? —preguntó Galileo finalmente.
Jovita lo miró de reojo.
—¿Te vas a quedar de brazos cruzados?
Galileo ignoró la pregunta y contraatacó.
—Recuerdo que cuando te propuse aliarnos, te portaste como si fueras la reencarnación de la moral y me miraste con desprecio. ¿Qué te hizo cambiar de opinión? ¿Dónde quedó tu decencia y tu orgullo? ¿Ya no te importan?
Esas palabras fueron como una bofetada en el rostro de Jovita.
¡Era cierto!
Antes le parecía denigrante rebajarse a colaborar con alguien como él.
Porque Galileo era un mujeriego y un traidor, igual que su exnovio, y le causaba asco.
Pero ahora, lo necesitaba.
Al igual que él, Jovita no respondió a la provocación y fue directo al grano.
—¿No querías recuperar a tu exesposa?
Galileo esbozó una sonrisa cínica.
—Ganas no me faltaban, pero creo que ya perdí mi oportunidad.
Ese hombre, Noel, que siempre parecía tan tranquilo, era el más implacable de todos cuando se lo proponía.
Galileo ya había escarmentado y no era tan imbécil como para ir a buscarle tres pies al gato.
Si lo hacía, corría el riesgo de perder hasta la camisa.
Jovita no esperaba esa respuesta.
Estaba convencida de que Galileo seguía obsesionado con Nanette.
Por eso había ido a buscarlo.
—¿De verdad te vas a rendir?
La sonrisa de Galileo se volvió inescrutable.

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