Camila la miró de reojo, con expresión de hastío.
—Vienes a coquetearle a mi marido y ¿me exiges respeto? Señorita Zamora, ¿así es la educación que dan en su prestigiosa familia?
Jovita sentía que iba a estallar.
Pero sabía perfectamente que no tenía ninguna oportunidad de ganarle una discusión a Camila.
Lo mejor era largarse de inmediato.
Pero Camila volvió a cerrarle el paso.
—Sé muy bien a qué viniste a buscar a Galileo.
Se acercó a Jovita y la repasó de pies a cabeza con evidente asco.
—Pero tocaste a la puerta equivocada.
—Galileo es mi esposo. Aunque le prestara un par de pantalones extra, no tendría el valor de volver a poner los ojos en Nanette.
—Y otra cosa: resuelvan sus propios dramas. No vengan a meter a otras personas en sus basureros.
Jovita nunca en su vida había sido humillada de esa manera, y las manos le temblaban de pura rabia.
—Señorita Mancilla, usted...
—¡Y otra cosa más! —la interrumpió Camila, levantando una mano—. Te doy un consejo: no te aferres a lo que nunca será tuyo. Míranos a Galileo y a mí. Somos el claro ejemplo de que forzar las cosas solo termina en un desastre y con una pésima reputación.
—Eres hermosa, de buena familia. Si hombres es lo que sobra en el mundo, ¿por qué te empeñas en quedarte con el que no te quiere?
—¿A fuerza tienes que estrellarte contra la misma pared?
Jovita, arrepentida hasta la médula de haber pisado ese lugar, respiró hondo.
—Con permiso.
Apenas la puerta se cerró detrás de Jovita, en la suite resonó el eco seco de una bofetada.
La música se detuvo.
Las risas cesaron de golpe.
El silencio era tan absoluto que se habría escuchado la caída de un alfiler.
Todas las miradas estaban clavadas en la mejilla enrojecida de Galileo.
¡Dios santo!
De verdad era una fiera.
Acababan de presenciarlo en primera fila.
Acababa de cachetear al presidente Godoy sin dudarlo.
Galileo se quedó aturdido. Cuando reaccionó, la rabia lo dominó y estrelló su copa contra el suelo.

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