Pero la ansiedad no dejaba a Nanette en paz, así que pasadas las nueve de la noche, decidió llamarlo.
Llamó dos veces, y nadie contestó.
Negándose a rendirse, marcó por tercera vez.
Por fin, alguien descolgó.
Pero la voz que se escuchó al otro lado de la línea no era la de Noel.
Era la de Jovita.
—Nanette.
Al escucharla, Nanette entendió al instante el origen de su presentimiento.
Ahí estaba el problema.
—Quiero hablar con mi esposo.
Hubo un silencio pesado al otro lado del teléfono, tan largo que por un momento pensó que se había cortado la llamada.
—Él está dormido.
El corazón de Nanette dio un vuelco, pero no dejó que sus emociones la controlaran.
—¿Está contigo?
—Sí.
—¿Y por qué está contigo?
—Porque hoy fue el cumpleaños de Valeria. Lo celebramos juntos y él tomó de más.
La mirada de Nanette se oscureció ligeramente.
—¿En dónde están?
—En un hotel —respondió Jovita.
—¿Qué hotel? Mandaré a alguien a recogerlo.
De pronto, Jovita soltó una carcajada.
—¿En serio crees que te lo voy a decir?
La voz de Nanette se volvió fría y cortante.
—¿Qué es lo que pretendes?
—Hacer lo que una prometida y su prometido hacen.
Nanette hizo una pausa antes de contestar con total firmeza:
—Ahora es mi esposo.
Como si la hubieran tocado en un punto sensible, Jovita alzó la voz de forma histérica.
—¡Pero debió haber sido mío! ¡Fuiste tú quien me lo robó!
—Jovita —dijo Nanette con calma pasmosa—, esta no eres tú.
Al otro lado de la línea, la mujer se quedó paralizada.
—¿A qué te refieres?


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