Sus padres lo habían acogido en la familia Zamora, permitiéndole disfrutar de una vida de lujos, pero con esa misma facilidad, podían arrojarlo al infierno y dejarlo sin nada.
Por eso, por más que le doliera hasta lo más profundo del alma, su única opción era soportarlo.
***
Adrián regresó al auto.
La persona que estaba en el interior ya había recuperado la conciencia.
Tenía las manos atadas a la espalda y la boca cubierta con cinta adhesiva. Su aspecto frágil y vulnerable habría conmovido a cualquiera.
Pero el corazón de Adrián solo se ablandaba por una única persona en el mundo.
No sentía ni la más mínima compasión por la joven frente a él.
Extendió la mano y, de un tirón seco, le quitó la cinta de la boca.
—No hagas ruido. Te soltaré un poco más tarde.
Valeria lloraba desconsolada, con el rostro empapado en lágrimas.
—Adrián, ¿qué le hiciste a mi hermano?
Al escuchar cómo lo llamaba por su nombre, el corazón de Adrián dio un latido irregular.
—Está perfecto. Solo está acompañando a la mujer que debió haber sido tu cuñada desde el principio.
Los hombros de Valeria temblaban sin parar.
—Adrián, ¡cómo pudieron hacernos algo así! Yo siempre pensé que tanto tú como Jovita eran buenas personas, ¡por qué le hacen esto a mi hermano!
Adrián se recargó en el asiento y cerró los ojos.
—Creo que tu memoria te falla.
Él jamás había sido una buena persona.
Para asegurar los negocios de la familia Zamora, había hecho incontables atrocidades bajo las órdenes de Arturo Zamora. Cosas de las que nadie estaría orgulloso.
¿Cómo iba a ser una buena persona?
Esta niña era demasiado ingenua.
Valeria, desesperada, trató de hacerle entrar en razón.
—Adrián, si siguen con esto, ¡mi tío no se los perdonará! ¡Mi hermano tampoco! Y... y mi cuñada Nanette, ¡se le va a destrozar el corazón!
Adrián abrió lentamente los ojos y giró la cabeza para mirarla.
—¿No eras tú la fan número uno de Jovita? Qué rápido cambiaste de bando. ¿Tan fácil te compró esa mujer?

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