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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 1137

—Antes de que llegara Venancio, por si las dudas, ordené que reemplazaran todas las botellas, las bebidas y los platillos de frutas, para que quedaran exactamente igual que al principio.

Así que lo de la llamada telefónica y que Venancio se llevara a Zulema, no era más que una actuación coordinada.

Un mar de ira contenida bullía en aquellos ojos oscuros y profundos.

—Yo solo estaba tomando precauciones para el peor de los casos. Pero jamás imaginé que ese «peor de los casos» realmente iba a suceder.

—Señorita Zamora... —Noel dejó escapar un suspiro casi imperceptible—. Por suerte, jamás llegué a unirme a tu familia.

Señorita Zamora...

Por suerte, jamás llegué a unirme a tu familia...

Al escuchar esas palabras, Jovita sintió que la cabeza le iba a estallar.

Estaba arrepentida.

Tremendamente arrepentida.

Se abalanzó hacia él en un intento desesperado de tomarle la mano.

Noel la esquivó con agilidad.

Momentos antes, cuando ella le había acariciado la cara, le había costado horrores seguir fingiendo.

A Jovita le temblaba la voz.

—¿Tú... estabas actuando?

—Sí. —El semblante de Noel se tornó gélido—. Quería ver hasta dónde pensaban llegar.

Y, de paso, también quería averiguar si Valeria era cómplice de todo aquello.

Menos mal que no lo era.

Al contrario, en el momento crítico supo protegerlo e incluso se preocupó por Nanette.

Todo indicaba que la joven no era un caso perdido.

Haber pasado tiempo junto a su esposa definitivamente le había servido para madurar.

Sus buenas intenciones compensaban sus errores. Podría decirse que Valeria se había salvado de un buen castigo.

Jovita cayó desplomada en el sofá.

—¡Noel, te burlaste de mí!

Noel sacó un cigarro, lo encendió, le dio una larga calada y exhaló el humo lentamente.

Quizá, en ese preciso momento, el humo le ayudaría a disipar la molestia que llevaba por dentro.

—Fuiste tú quien se burló de mí primero. Por lo visto, todavía no sabes quién es el verdadero Noel Cortés.

Justo en el instante en que terminó de hablar, la puerta de la habitación se abrió de par en par.

Entró Isaac, y en sus manos llevaba una botella de cóctel de frutas.

Jovita la miró y un escalofrío de puro terror le recorrió la espina dorsal.

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