Diez minutos después, la puerta de la habitación volvió a abrirse.
Esta vez, fueron dos personas las que entraron.
Uno era Venancio.
En cuanto al otro, probablemente nadie lo habría adivinado jamás.
Se trataba de Dante Cortés.
Dante estaba ahogado en alcohol; había perdido por completo la razón.
Venancio lo aventó sobre la cama y, mientras le quitaba la camisa y los pantalones, comentó con una sonrisa burlona:
—Cuando encontré a este idiota, estaba pasadísimo de copas acosando mujeres en un bar. Es cierto el dicho: genio y figura, hasta la sepultura.
En un abrir y cerrar de ojos, a Dante le habían arrancado toda la ropa, dejándolo únicamente en ropa interior.
—Isaac —dijo Noel.
Isaac no tuvo ni que preguntar qué seguía.
Levantó a Jovita y la recostó en la cama.
El único problema es que, al momento de desvestirla, sus manos simplemente no le respondían.
No era por caballerosidad, sino porque era la primera vez que hacía un trabajo tan sucio y no se sentía nada cómodo.
Noel se dio la vuelta para salir, y mientras caminaba, sentenció:
—Te espero en el auto. Termina el trabajo y baja.
Isaac se enfocó en la tarea.
—Entendido, joven amo.
Venancio cerró la puerta tras él.
La pesada madera bloqueó cualquier atisbo de la escena subida de tono que estaba por ocurrir adentro.
En realidad, su intención no era que Dante hiciera algo con Jovita.
Lo único que buscaban era tomar un par de fotos bien nítidas.
Aunque, Venancio sentía curiosidad por saber por qué había elegido precisamente a Dante.
Noel le dio la respuesta.
—Dante está enamorado de Jovita.
Venancio se quedó de piedra.
—¿Ese idiota está enamorado de Jovita?
—Sí. De verdad le gusta, incluso se le declaró.
Claro que el desenlace fue patético.
No solo lo rechazó, sino que se burló de él en su cara.
Por si fuera poco, Arturo Zamora usó la historia como chiste en reuniones sociales.
Sus palabras rezumaban un desprecio total hacia Dante.

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