La mirada penetrante del hombre casi parecía capaz de cortar el aire, pero llevaba una dosis de autocontrol.
—No metí a Adrián en esa cama, y no fue porque no quisiera hacerle el favor, sino que...
Noel se acercó a Venancio y le susurró unas palabras al oído.
Venancio lo escuchó boquiabierto.
—¡No manches!
¡Qué giro tan interesante!
¡Estaba buenísimo!
El teléfono sonó; era Hugo.
Al escuchar el reporte que le dio el chico, el rostro de Noel se oscureció de inmediato y una densa capa de hielo pareció cubrirle la mirada.
—¿Qué pasó? —preguntó Venancio.
Los largos dedos del hombre comenzaron a girar lentamente el anillo de matrimonio que llevaba en el anular de la mano derecha. El ambiente se volvió asfixiante.
—Ocurrió una tragedia en el Club Regency de la Costa Oeste de Puerto Alba.
—¿Es muy grave?
—Murió alguien, y la policía lo acordonó —respondió Noel—. Fue Miguel Quintero.
—¡Miguel Quintero! —exclamó Venancio, horrorizado.
El club de la familia Cortés en la Costa Oeste era un símbolo de poder en Puerto Alba. Quienes frecuentaban el lugar eran altos funcionarios o empresarios podridos en dinero.
Si el difunto hubiera sido un individuo cualquiera, bastaba con pagar una buena indemnización y el asunto quedaría cerrado en un abrir y cerrar de ojos.
Pero el destino quiso que el muerto fuera un integrante de la familia Quintero.
Y no cualquier integrante, sino el menor, el adorado hijo de Don Primitivo Quintero, Miguel.
Siendo una de las tres familias más influyentes de Puerto Alba, aunque los Quintero ocuparan el tercer puesto, su poder económico igualaba al de la familia Zamora.
Noel había invertido toneladas de tiempo y energía, y a duras penas había conseguido ganar el favor de la familia Quintero. Ahora, para su desgracia, el consentido de la familia aparecía muerto dentro de uno de los clubes de los Cortés.
Si este lío no se manejaba con pinzas, las consecuencias serían catastróficas.
Los Quintero podrían darles la espalda y, lo que es peor, aliarse con la familia Zamora.
Eso dejaría a la familia Cortés acorralada entre dos frentes.
—Venancio, tengo que ir allá personalmente para solucionar este desastre —dijo Noel.
Venancio adoptó un semblante de suma seriedad.
—Tienes que ir, sin duda. Al fin y al cabo, toda la relación entre la familia Quintero y la familia Cortés recae en tus hombros. Si esto explota, se pondrá horrible.
—Pero aquí...

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