—Me acosté con Jovita —soltó Dante.
—¿Y qué si lo hiciste...? —Sergio se detuvo abruptamente, palideciendo—. ¿Con quién dijiste?
—Con Jovita. La hija de Arturo Zamora.
Apenas terminó de hablar, Sergio dio varios pasos hacia atrás, aterrorizado, y casi cae al suelo.
Dante lo sostuvo.
—Papá, ¿qué hacemos?
Sergio todavía no procesaba la información.
—Tú... ¡¿Cómo pudiste acostarte con ella?!
Dante le explicó cómo habían pasado las cosas, aunque él mismo estaba confundido.
—Había bebido demasiado, no sé cómo terminé en la misma cama que ella. Cuando desperté y la vi a mi lado, hasta yo me asusté.
Sergio lo señaló con el dedo tembloroso.
—¡Pudiste haber salido corriendo antes de que despertara! ¿Por qué...?
A Sergio le faltaba el aire por el coraje.
No necesitaba preguntar el porqué.
Su hijo perdía la cabeza ante cualquier mujer hermosa.
Y para colmo, en el pasado le había gustado Jovita.
Teniendo a la mujer que deseaba durmiendo a su lado, ¡era obvio que no iba a controlarse!
El mismo Dante lo admitió:
—Quise irme, pero no pude contenerme. Pensé que... lo peor que puede pasar es que vaya a pedir su mano.
—¡¿Pedir su mano?!
A Sergio le pareció el chiste más estúpido que había escuchado en su vida.
—¡¿Tienes agua en el cerebro?! ¡¿Crees que Arturo Zamora permitiría que su hija se case contigo?! ¡Sigue soñando!
—¡La que ella quería era a tu primo Noel! ¡¿Qué le va a importar un don nadie como tú?!
Dante murmuró por lo bajo.
—¿Y de qué le sirvió querer a Noel? Igual cancelaron el compromiso.
Al mencionar ese nombre, el corazón de Dante dio un vuelco.
—Papá, hay algo más que no te he dicho...
Sergio levantó una mano para detenerlo.
—Espera un momento, déjame sentarme.
Temía que el corazón no le aguantara y terminara cayendo muerto ahí mismo.
Dante se acercó con cara de perro arrepentido.
—¿Ya puedo hablar?
—Habla. A ver qué otra atrocidad cometiste.
—La otra vez... me pasé de listo con la esposa de mi primo.
A Sergio se le cayeron las cosas de las manos por el susto.
—¡¿Con quién te pasaste de listo?!

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