Joaquín Cortés estaba jugando con Aarón en la sala cuando un empleado le anunció la visita. De inmediato le pidió a la niñera que llevara al niño a su habitación.
No quería que su preciado nieto tuviera el más mínimo contacto con su incompetente hermano.
Podía pegarle las malas mañas.
Nada más cruzar la puerta, Sergio le asestó una patada en la espinilla a Dante.
Sin poder mantener el equilibrio, el joven cayó de rodillas al suelo con un ruido sordo, haciendo una mueca de dolor.
Joaquín permaneció sentado en su silla de roble, degustando su té sin ninguna prisa.
—No es necesario tanta reverencia.
Sergio colocó el costoso presente junto a los pies de Joaquín.
—Hermano, tienes que ayudar a Dante esta vez.
—¿Ya causó otro problema? —preguntó Joaquín.
—Sí, un pequeño inconveniente.
Joaquín resopló.
—Dudo mucho que sea «pequeño».
De lo contrario, no habrían aparecido ambos con esa actitud tan humillante.
Sergio se armó de valor.
Era un hombre astuto. Decidió omitir por el momento lo del acoso a Nanette y fue directo al asunto con Jovita.
Tras escuchar la historia, Joaquín mantuvo el rostro tan sereno que parecía haber escuchado un chiste.
—No es para tanto, solo se acostaron. Son adultos, que lo resuelvan como tal.
Sergio se inclinó con actitud servil.
—Hermano, ¿y cómo sugieres que se resuelva algo así?
—Vayan a pedir su mano —dijo Joaquín.
Sergio forzó una sonrisa incómoda.
—Estás bromeando. Con lo elitista que es Arturo Zamora, ¿crees que siquiera miraría a Dante?
Joaquín le dedicó una fría mirada al joven que seguía arrodillado.
—Al menos estás consciente de tus limitaciones.
—Hermano, no es momento de burlas. Lo que más nos urge ahora es saber cómo salir de este problema.
Pero Joaquín se dirigió a Dante.

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