Adrián permaneció inmóvil. Aquella leve suavidad en su mirada desapareció por completo.
—¿Apostar qué?
—Apostemos a ver si me atrevo a cortarme la arteria.
El tono de Adrián se volvió cortante.
—¿De verdad no le tienes ningún miedo a la muerte?
—¡Claro que sí!
Su felicidad apenas estaba floreciendo; aún no la había disfrutado lo suficiente.
Le había prometido a su esposo que envejecerían juntos.
¿Cómo no iba a temerle a la muerte?
—¡Pero más que a la muerte, le temo a perder mi dignidad! —Nanette no retrocedió. Al contrario, dio dos pasos hacia él—. Amo a mi esposo. En esta vida, mi cuerpo y mi corazón solo le pertenecen a él.
»Si llegaras a tocarme, con lo mucho que me ama mi esposo, sé que él no me repudiaría. Solo se culparía y se odiaría a sí mismo por no haberme protegido.
»No me abandonaría. Me amaría, me cuidaría y me consentiría aún más.
»¡Pero no puedo aceptarlo! ¡No soportaría ver que mi esposo se convierta en el hazmerreír de los demás por mi culpa!
Adrián, de pronto, sintió que no era capaz de sostenerle la mirada a aquellos ojos cristalinos.
—Vaya... se ve que de verdad se aman.
—¡Sí! Nos amamos, y para ambos, la vida del otro es más importante que la propia.
Adrián, reacio a rendirse, intentó acercarse para arrebatarle el vidrio.
Pero antes de que pudiera siquiera rozarla, Nanette retrocedió y clavó el borde afilado en su piel.
El corte no fue profundo, pero la sangre brotó al instante.
Debía arderle terriblemente.
Sin embargo, no movió ni un músculo de la cara.
De pronto, Adrián sintió que ya no quería seguir apostando.
Esa mujer parecía no temerle a absolutamente nada.
¡Tenía el valor de hablar, de enfrentar a quien sea, de jugar su última carta, de arriesgar su vida sin pestañear!
Y él se dio cuenta de algo abrumador: ni siquiera estaba a la altura de esa mujer.
Por primera vez en su vida, Adrián experimentó una punzada de derrota absoluta.
Pero, extrañamente, esa derrota se sintió como si su corazón adormecido hubiera vuelto a latir con fuerza.
Retrocedió, volviendo a su lugar junto al sofá.
—Vete.
Nanette comprendió que sus palabras habían surtido el efecto deseado.

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