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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 1151

—Como compensación por el trago amargo de hoy, te advierto algo importante.

—Te escucho —respondió Nanette.

—Dile a Noel que tenga mucho cuidado en Puerto Alba.

Nanette captó de inmediato el trasfondo de sus palabras, pero no insistió con preguntas.

Si involucraba a Arturo, Adrián no soltaría más prenda.

El simple hecho de que se lo advirtiera ya era un milagro.

Ocultando su angustia por Noel, Nanette esbozó una ligera sonrisa.

—Si alguna vez decides vivir la vida que realmente deseas, llámame.

—¿Por qué habría de llamarte a ti?

—Por esas coincidencias de la vida, conozco a alguien que es una eminencia en el mundo del automovilismo —explicó ella con una sonrisa franca—. Te lo puedo presentar. Si cuentas con su apoyo, llegar al circuito internacional será pan comido.

Adrián observó en silencio la silueta de aquella mujer alejarse.

Ella no miró atrás ni una sola vez; su paso era firme, sin asomo de dudas o miedo. Cada pisada marcaba la distancia que los separaba, firme y decidida.

Adrián sintió una envidia repentina y profunda.

Envidia de ver cómo alguien podía caminar por la vida con tanta libertad y soberanía sobre su propio destino.

Retiró la vista. Estaba a punto de volver al asiento del conductor cuando advirtió un auto acercándose a toda velocidad.

Él conocía bien ese auto.

Era...

Iba a toda velocidad, directo hacia Nanette.

El corazón de Adrián dio un vuelco. Se lanzó a correr hacia ella por puro instinto.

Alcanzó a empujarla, lanzándola violentamente al suelo y poniéndola fuera de peligro.

En el segundo siguiente, se oyó el sonido escalofriante de un golpe brutal.

Cuando Nanette levantó la mirada, el pánico se apoderó de ella.

Ni siquiera cuando Adrián había insinuado abusar de ella, ni cuando tuvo el cristal amenazando su garganta, se había alterado tanto.

Pero en ese instante, el miedo la paralizó.

Alguien parecía estar a punto de perder la vida, y todo por culpa suya.

Nanette jamás imaginó que, en el instante crítico, sería Adrián quien arriesgaría su propia vida para salvarla.

Y ahí estaba, tendido sobre un charco de sangre. Completamente inerte.

Pero el infierno no había acabado. El auto regresaba, decidido a rematar.

La mente de Nanette reaccionó a la velocidad de la luz: se incorporó y corrió a refugiarse en el coche de Adrián.

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