La intrincada telaraña de secretos de la familia Zamora dejó a Nanette sin saber exactamente por quién sentir más lástima.
A excepción de Arturo, parecía que todos los demás eran unas pobres víctimas.
Todos habían vivido atrapados en las mentiras y las manipulaciones tejidas por un solo hombre.
Jovita creía ser la única princesa intocable de su padre, ignorando que existía un hermano mayor, nacido del verdadero amor de Arturo.
Adrián, por su parte, creció convencido de que era solo un niño adoptado, un peón más en el tablero, sin saber que el hombre que veía a diario era su padre biológico.
Pero, sin lugar a dudas, la más trágica de todas era Dora.
Había luchado codo a codo con Arturo toda su vida, ayudándolo a construir un imperio. Creía ser la dueña de su corazón y tener un matrimonio de ensueño.
Jamás imaginó que su marido llevaba décadas interpretando un papel en una obra de teatro donde ella era la burla.
No sabía que el hijo que había amamantado y criado por más de veinte años era, en realidad, el hijo de su gran rival de amores.
Y mucho menos sospechaba que le habían arrebatado su poder y que su fortuna ya era casi inexistente.
Nanette apoyó la barbilla en su mano y, sin poder evitarlo, murmuró un pensamiento en voz alta:
—Dicen que los ricos esconden los peores infiernos en sus mansiones. Ahora veo que es cierto; este mundo de las familias adineradas es demasiado oscuro y traicionero.
Don Joaquín soltó una carcajada suave.
—Ten cuidado, que los Cortés también somos una familia adinerada.
Nanette se dio cuenta de su comentario y sonrió, un poco apenada.
—No hablaba de nosotros.
Don Joaquín le guiñó un ojo, bromeando.
—Mi esposa y yo nos queríamos desde que éramos unos niños. Ella fue la única mujer en toda mi vida. Aparte de Noel, te aseguro que no tengo ningún hijo perdido por ahí.
Nanette se echó a reír.
—¡Ay! ¡Yo no estaba pensando en eso!
De repente, el tono de Don Joaquín se volvió paternal y profundo.
—Nanette, cada familia es un mundo aparte. Los Cortés no somos así, no tenemos esa clase de telarañas. Lo único que quiero que recuerdes es que Noel te ama con toda su alma, y yo te quiero como si fueras mi propia hija.
»Nunca permitiré que nadie te haga daño, y jamás dejaré que te sientas sola. Pase lo que pase, no te soltaremos la mano; siempre estaremos a tu lado.
Una cálida sensación inundó el pecho de Nanette.
—Gracias, la verdad.
Y también agradeció al cielo.
Por haberle cruzado en el camino a un hombre tan maravilloso como Noel.
Por tener a un suegro tan excepcional como Don Joaquín.

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