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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 1172

Sin embargo, este año, tal vez porque Patricio había mostrado una actitud un poco más dócil, la relación entre padre e hijo comenzó a mejorar.

Y con esa mejora, a Don Primitivo le surgió una nueva preocupación: el futuro matrimonial de su primogénito.

Patricio era el hazmerreír de la alta sociedad. Nadie en su sano juicio querría casar a su hija con él.

Las chicas comunes y corrientes no estaban a la altura de la familia Quintero.

Y las herederas de buenas familias jamás se fijarían en alguien como Patricio.

Así, conseguirle una esposa se había convertido en la obsesión del patriarca.

Jovita no era tonta. Ya imaginaba hacia dónde iba la conversación.

Pero se negaba a creerlo.

No podía aceptar que su propio padre estuviera a punto de usarla como moneda de cambio.

Quería aferrarse a la idea de que Arturo la amaba.

«Seguro estoy exagerando», pensó.

La voz de Arturo seguía siendo suave, casi cariñosa.

Pero para Jovita, sonaba como si viniera directamente del infierno.

—Don Primitivo te tiene mucho aprecio. Cree que harías una excelente pareja con Patricio. Me preguntó qué opinaba. No le di una respuesta definitiva porque quería saber qué pensabas tú.

La última pizca de esperanza en su corazón se hizo añicos.

Ese hombre frente a ella era su padre, sí. Pero antes que nada, era Arturo Zamora.

El implacable hombre de negocios para quien todo tenía un precio.

No le estaba pidiendo su opinión.

Ya lo había decidido.

El miedo que Jovita le tenía a su padre se desvaneció, reemplazado por una sonrisa cargada de amargura y desesperación.

—Lo que pasa es que, como ya no hay posibilidad de aliarnos con los Cortés, ahora quieres entregarme a los Quintero. ¿Me equivoco?

Cuando arregló su compromiso con la otra familia, Arturo jamás le consultó.

Y ahora, con los Quintero, mucho menos iba a importar lo que ella quisiera.

«Ay, Jovita, qué estúpida eres», se dijo a sí misma.

Qué importaba si era una señorita de la alta sociedad o si vivía rodeada de lujos. A los ojos de su padre, no era más que mercancía de alto valor.

Arturo dejó de fingir empatía.

—Todo lo que hago es por el bien de la familia Zamora. Cuando yo falte, todo este imperio será tuyo. Al final del día, lo hago por ti.

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