Sabina sonrió con ternura.
—Me imagino que, con todo esto, la boda con Noel se tendrá que posponer, ¿verdad?
La mirada de Nanette se suavizó, ocultando la profunda preocupación que sentía por su esposo.
—Don Joaquín dijo que, en cuanto Noel termine de resolver las cosas allá, irá conmigo a Puerto Alba. Iremos en familia a visitar la tumba de la madre de Noel, para anunciarle que nos vamos a casar.
—Es lo correcto —asintió Sabina. Suspiró levemente antes de continuar—. La madre de Noel era una mujer maravillosa, llena de gracia y bondad. Es una lástima que la vida sea tan injusta con las personas buenas. Si ella estuviera aquí, te adoraría.
»La vida está llena de cosas que uno no puede controlar... Pero yo...
Sabina palmeó suavemente el dorso de la mano de Nanette.
—Yo siento que ya no me falta nada.
Antes, su mayor tristeza era no haber tenido una hija.
Pero ahora, con Nanette a su lado, a quien quería más que a su propia sangre, sentía el corazón lleno.
—Por cierto —Sabina sonrió con cierta timidez—, no te vayas a burlar, pero el día que me desmayé, tuve un sueño. Soñé con tu padre.
El dedo de Nanette, que dibujaba círculos distraídos, se detuvo en seco.
Su padre...
Ese era el mayor vacío de su vida.
¿Estaría vivo?
¿Alguna vez tendría la oportunidad de conocer a su verdadero padre?
Nanette intentó mantener la compostura.
—El hombre con el que soñaste... ¿se veía tan apuesto como en la foto?
Sabina sonrió con nostalgia.
—La imagen que tengo de él se quedó congelada en esa fotografía. Han pasado décadas, ni siquiera me imagino cómo se verá ahora.
El rostro de Nanette reflejó una leve tristeza.
—¿Crees que él... ya no esté con nosotros?
Le dolía siquiera formular la pregunta.
Quería aferrarse a la esperanza.
—Nanette, ¿crees en la intuición? —preguntó Sabina, mirándola a los ojos.
—¿La intuición?
—Sí —murmuró Sabina con voz dulce—. Mi intuición me dice que tu padre, Remigio Vidal, sigue vivo.
»Y siento como si estuviera cerca. O tal vez...
»Tal vez regrese a ti muy pronto.
Nanette sonrió con melancolía.

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