Esa misma tarde, Venancio partió rumbo a Puerto Alba.
Nanette lo acompañó personalmente al aeropuerto.
Zulema Zúñiga no apareció.
¿Sería posible que la táctica de «hacerse la difícil» que le había enseñado la estuviera aplicando al pie de la letra?
Aunque, para ser honestos, en un momento como ese, habría sido bueno que se despidiera.
Estaban a punto de anunciar su vuelo, y Venancio seguía mirando hacia todos lados.
Nanette soltó una carcajada.
—Cuando te perseguía sin descanso, te ponías tus moños, la mirabas mal y deseabas que desapareciera. Ahora que por fin te da tu espacio, te estás muriendo de ganas de verla.
Esta vez, Venancio no intentó negarlo.
—¿Tú crees que me estoy enamorando de esa chiquilla?
—Llevas días sin verla. ¿La has extrañado?
Dado que entre ellos había confianza absoluta, Venancio no sintió que fuera humillante confesar la verdad.
—Sí.
Y no solo un poco.
La había pensado muchísimas veces.
Recordaba cómo lo seguía por todas partes, con esa energía incansable, y no podía evitar sonreír como un tonto.
—Entonces sí, estás enamorado —concluyó Nanette.
Por primera vez, Venancio se enfrentó a sus sentimientos por Zulema de manera directa.
—Le llevo siete años. Para mí, todavía es una niña.
Nanette lo miró con seriedad y le respondió con sinceridad.
—¿Qué te da miedo? ¿Que tú no encajes en su mundo, o que ella no entienda el tuyo?
—Ambas cosas.
—Si prestaras un poco más de atención, te darías cuenta de que no hay ninguna barrera entre ustedes. Además, son solo unos años. Si de verdad se quieren, ¿qué importaría si fueran dieciséis?
Venancio lo pensó un momento, y finalmente tomó una decisión.
—Cuando vuelva, hablaré con ella.
Nanette miró discretamente por encima del hombro de su amigo.
—¿Qué le vas a decir?
—Le diré que me gusta. Le pediré que sea mi novia. Pero...
Nanette reprimió una sonrisa.
—Sigue.
—Pero también le aclararé que no tengo planes de casarme pronto. Si ella no puede aceptar eso, entonces será mejor dejarlo ahí.
—¿De verdad podrías dejarlo ahí? —preguntó Nanette.

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