Puerto Alba.
El automóvil atravesó los majestuosos portones de hierro forjado y avanzó por el camino de piedra que serpenteaba a través de los impecables jardines de estilo francés. La brisa nocturna traía consigo el fresco aroma de las flores y el césped recién cortado.
Esa inmensa propiedad, escondida en medio de un bosque privado, era la joya de la familia Cortés.
Cada árbol plantado, cada ladrillo colocado, todo había sido diseñado bajo la supervisión directa de Don Joaquín.
En el mundo de los negocios, todos sabían que la familia Cortés era la más poderosa de Puerto Alba, pero que su patriarca, Don Joaquín, prefería mantener un perfil bajo. Esta extravagante mansión era su única gran ostentación.
Y no porque a él le gustaran los lujos, sino porque esta casa fue el regalo soñado que le construyó a su difunta esposa.
Lamentablemente, la señora Cortés falleció demasiado pronto para disfrutarla.
De no ser por el extenso personal de servicio, esa enorme propiedad se sentiría fría y desolada.
En cuanto el auto se detuvo, un hombre de la misma edad que Ulises se acercó rápidamente para abrir la puerta trasera.
—Bienvenido, señor.
Noel bajó del vehículo con la elegancia que lo caracterizaba y asintió con respeto.
—Buenas noches, Javier.
Javier era uno de los pilares del servicio de los Cortés, al igual que el viejo Ulises.
Pero mientras Ulises acompañaba siempre a Don Joaquín como su mano derecha, Javier era el administrador de la finca, encargado de mantener la mansión en perfecto estado.
Eran las dos manos de la familia: uno manejaba los asuntos externos y el otro dominaba el frente interno.
La esposa de Javier había fallecido años atrás, dejándole a su única hija, Jimena.
Cuando Jimena terminó la universidad y tuvo problemas para encontrar trabajo, Don Joaquín, recordando los años de lealtad absoluta de su padre, movió los hilos para que entrara a trabajar al corporativo Cortés.
Venancio salió por el otro lado del auto.
Javier hizo una ligera reverencia, mostrando el mismo respeto impecable.
—Buenas noches, Joven Venancio.
Venancio sonrió relajado.
—Javier, ya te he dicho mil veces que conmigo no hace falta tanta formalidad.
—La cena está servida. Pasen al comedor, por favor.
La mesa rebosaba de platillos exquisitos.
Para ser solo para ellos dos, la cantidad de comida era casi un exceso.
Sin embargo, Noel no tenía nada de apetito.
El inmenso comedor se sentía vacío. Le faltaba vida.
Venancio, en cambio, devoraba todo con gusto.
—Déjame adivinar —comentó con la boca medio llena—, por más que la comida de tu chef sea espectacular, no se compara con el calorcito del hogar y la compañía de tu esposa, ¿verdad?
La comisura de los labios de Noel se elevó apenas un milímetro, formando la sombra de una sonrisa.

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