Arturo se oscureció de rabia y le cruzó la cara a Adrián de una bofetada.
—¡¿De verdad eres mi hijo?!
Adrián ni siquiera pareció sentir el golpe.
—Si pudiera elegir, no lo sería.
Arturo nunca esperó escuchar esas palabras; se quedó pasmado.
—¿Me estás culpando?
Los ojos de Adrián estaban vacíos, como un pozo seco.
—No me atrevo, y tampoco tengo derecho a hacerlo.
Él jamás tendría el control sobre su propio destino.
Desde el momento en que nació, quedó condenado.
Si Arturo lo quería a su lado, él sería el joven amo de los Zamora.
Si Arturo no lo quería, jamás habría pisado esa casa.
Pero ahora, deseaba con toda su alma que Arturo nunca le hubiera abierto la puerta.
Arturo miró a su hijo. Su rostro, idéntico al del amor de su vida, le removió algo en el pecho.
—Adrián, solo quedamos tú y yo en la familia. Cuando yo muera, todo el imperio Zamora será tuyo. ¿Lo entiendes?
Una ola de decepción recorrió a Adrián.
—¿Y qué pasa con Jovita? ¿Acaso no es tu hija también?
Con solo mencionar a Jovita, la sangre le hirvió a Arturo.
—¡No me hables de esa malagradecida! Ya teníamos un acuerdo con los Quintero. Cuando fuimos al funeral de Miguel, la llevé para que conociera mejor a Patricio. ¿Y qué hizo?
¡Desapareció sin dejar rastro!
¡Era obvio que había huido para evitar la boda!
Aunque Don Primitivo no dijo mucho al respecto, era evidente lo molesto que estaba.
—Íbamos a unir a nuestras familias. Con lo que hizo, ¡¿cómo se supone que vamos a negociar con los Quintero ahora?!
Adrián suspiró, frustrado.

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