Isaac se quedó en shock y al final se pellizcó, como para comprobar que no estaba soñando.
No estaba soñando...
¡Su jefe había estado enamorado de Nanette!
¡Dios mío!
Eso era una bomba, incluso más grande que el hecho de que ella fuera «Storm».
Isaac, que no era nada tonto, ató cabos rápidamente.
—Jefe, ¿se enamoró de ella cuando descubrió que era «Storm»?
—Sí.
—¿Y por qué no intentó conquistarla en ese entonces?
—Porque me faltó valor.
—¡¿Qué?! —Isaac no daba crédito a lo que escuchaba—. Jefe, ¿escuché bien? ¿Usted, inseguro? ¡Pero si es alguien inalcanzable al que todos admiran! ¿Cómo que le faltaba confianza?
—¿Acaso ella se queda atrás? —preguntó Noel.
Isaac se rascó la cabeza.
—Bueno, viéndolo así... Nanette también es increíble.
Noel soltó un ligero suspiro, con un destello de arrepentimiento en sus ojos por el pasado.
—Para cuando por fin reuní el valor, me di cuenta de que ella ya estaba enamorada de alguien más.
—¿Se refiere a Galileo?
—Así es.
Isaac también suspiró.
—Jefe, ahí sí se equivocó. Usted es alguien que siempre consigue lo que quiere, ¿cómo fue a rendirse tan fácil con Nanette? Si hubiera dado el primer paso, a lo mejor ahorita ella sería la señora Cortés.
La señora Cortés...
Noel se quedó perdido en sus pensamientos.
Años atrás, había fantaseado con que ella llevara ese título.
Isaac lo pensó bien antes de volver a hablar.
—Entonces, jefe, lo que siente ahora por Nanette es... Pero... pero ella ya está casada con Galileo.
—¡Y aunque...! —Isaac fue bajando el tono de voz—. ¡Aunque se divorciaran, veo muy difícil que haya algo entre ustedes! No se le olvide que usted ya está comprometido...
Noel sonrió.
Pero Isaac alcanzó a ver que esa sonrisa traía más derrota que alegría.
—Sé lo que hago —dijo Noel—. No voy a cruzar los límites morales ni a evadir mis responsabilidades.
Casi se le olvidaba que Nanette era una genio de la informática.
Y que además era muy lista.
Si su jefe había podido infiltrarse en el sistema de seguridad del hotel para borrar esos datos...
Nanette también sería capaz de recuperarlos.
Isaac suspiró.
Ellos sí que estaban hechos el uno para el otro.
Qué lástima.
Ni el momento ni las circunstancias estaban de su lado.
Por otro lado.
Nanette también había regresado a Altavista Premier.
Se sorprendió al ver a Melba arreglando unas cosas.
Nanette se apresuró a acercarse.
—Melba, ¿qué haces? Todavía no te curas bien del brazo, deberías estar descansando.
—Ay, mija, si no me estoy muriendo, nada más me fracturé el brazo. Todavía me queda el otro. Estar echada todo el día no es lo mío, así que me puse a hacer algo.

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