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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 137

Cuando Nanette por fin logró calmar las náuseas, se dio cuenta de que su reacción había despertado las sospechas de Galileo.

Durante el embarazo de Yolanda, él se había encargado de cuidarla casi de tiempo completo. Sabía perfectamente qué comida se le antojaba, qué olores detestaba y cada uno de los síntomas que presentaba.

Era completamente natural que, al verla reaccionar así, a Galileo le entraran dudas.

—Tú...

Nanette se apresuró a explicar sin perder la calma:

—Tengo gastritis. Creo que la preocupación y los nervios por lo de mi papá me están pasando factura; me arde muchísimo el estómago y me dan ganas de vomitar.

Galileo soltó una risita nerviosa.

—Como te vi reaccionar igual que Yolanda cuando estaba embarazada, por un segundo pensé que...

—¿Pensaste que estaba embarazada? —Nanette fingió indignación—. ¿Me estás insultando? Hace siglos que no tenemos intimidad. Si de la nada resultara embarazada, ¿qué insinúas? ¿Que ando de cama en cama? ¡Galileo! ¿Por quién me tomas?

En lugar de enojarse, él volvió a sonreír.

—Ay, ¿por qué te pones a la defensiva? Ya, ya, fue mi culpa. No debí pensar tonterías.

La forma tan dulce en la que la consoló le recordó demasiado a cómo trataba a Yolanda. Nanette sintió un asco que le trepó por la espalda.

Afortunadamente, Galileo no dudó de su mentira y mostró una paciencia y ternura que ella jamás había visto en él.

—Hoy me quedo aquí contigo a hacerte compañía.

Sin embargo, esa promesa no duró ni media hora. En ese lapso, recibió una llamada de Yolanda.

Bastaron un par de segundos al teléfono para que Galileo entrara en pánico.

—¡Voy para allá ahorita mismo!

Al colgar, se apresuró a justificarse:

—A Mateo le subió la fiebre de golpe. Ya casi llegan al hospital, voy a bajar a recibirlos. En cuanto me desocupe, subo a verte.

Nanette lo vio salir a toda prisa, con el rostro inexpresivo.

Si su intuición no fallaba, Galileo no iba a regresar.

Se le hizo un nudo el estómago: ahí estaban. La dueña de esa voz no era otra que Yolanda. Llevaba ropa muy abrigadora y un cubrebocas que solo dejaba a la vista sus ojos.

Pero Nanette la reconocería a kilómetros.

Galileo estaba pegado a ella, con una mano apoyada protectoramente en su espalda para evitar que la empujaran.

—Tranquila —susurró Galileo con tono suave—, el bebé va a estar bien. Ya escuchaste al doctor, no es nada grave.

Yolanda apoyó la cabeza en el pecho de Galileo, luciendo frágil y desamparada.

—Perdóname, Gali. Es mi culpa por no cuidar bien de nuestro bebé.

—Ya te dije que no fue tu culpa —respondió él—. No te atormentes.

—Es que tenía miedo de que te enojaras conmigo.

—¿Cómo me voy a enojar? Lo único que me preocupa eres tú. Saliste sin haberte recuperado del todo. ¡Imagínate si te enfermas tú también!

—No va a pasar. Mira cómo vengo, bien tapada.

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