—Dime —dijo Nanette.
—Las futuras actualizaciones y el mantenimiento seguirán a tu cargo. Por supuesto, te pagaré un extra por eso. Además...
Unos dedos largos y definidos deslizaron una tarjeta de presentación hacia ella.
—Si tienes tiempo, puedes venir a visitar mi empresa, eres bienvenida cuando quieras.
Nanette le echó un vistazo a la tarjeta.
Nube Alta.
En una época donde la inteligencia artificial estaba en pleno auge, las empresas de tecnología surgían por todas partes.
Nanette conocía la mayoría de las empresas tecnológicas importantes de San Lirio.
Pero casi no había escuchado hablar de esa tal Nube Alta.
—La sede principal está en Puerto Alba. Llegué a San Lirio hace poco para expandir el negocio, así que todavía no conozco bien el terreno. Espero contar con tu apoyo en el futuro.
Con razón.
—Así que el señor Cortés es de Puerto Alba. Habla un español tan perfecto que no se le nota para nada el acento de allá.
—Desde que era muy pequeño, mi padre me contrató profesores particulares.
—Ah, ya veo.
Como ambos compartían una pasión obsesiva por la informática, tenían temas en común.
Perdieron la incomodidad y la reserva inicial, y la plática empezó a fluir con naturalidad.
Después de intercambiar varias ideas, Nanette se sorprendió.
El hombre que tenía enfrente no era solo una cara bonita.
No solo tenía un conocimiento muy profundo en el área de la informática, sino que también poseía una visión y un análisis a largo plazo sobre el mercado de la IA.
Ahí entendió, sin necesidad de decirlo en voz alta, que siempre hay alguien que te alcanza y te rebasa.
Hacía mucho que no platicaba tan a gusto con alguien.
A ella le atraía la gente capaz, así que no pudo evitar sentir admiración por Noel.
—Una pregunta, si no es indiscreción —dijo Noel.
Nanette sonrió con complicidad.
—Ya que tú y mi esposo se dedican a lo mismo, ¿te preguntas por qué no le vendo este juego a él?
La comisura de los labios de Noel se curvó de forma casi imperceptible.
—Efectivamente, eres muy inteligente.
Nanette le dio un sorbo a su café.
Pero por muy buen aroma que tuviera el café en ese momento, no podía ocultar la amargura en su corazón.
—Las cosas buenas deben pertenecer a quienes las saben valorar.
A Noel le brillaron los ojos, pero no indagó más.

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