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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 15

Al salir de la joyería, a Nanette todavía le parecía que estaba soñando.

¿Y si se trataba de una estafa?

Pero el hombre había aceptado transferirle el dinero antes de recibir el collar; eso no sonaba para nada a un fraude.

Nanette le marcó por teléfono a Camila.

Al escuchar la historia, su amiga no le dio mayor importancia al asunto.

—A lo mejor el tipo de verdad quedó fascinado con tu joya y, por miedo a que te arrepintieras de venderla a la mera hora, prefirió tirarte una oferta irresistible.

A Nanette le pareció que Camila tenía un punto bastante válido, así que decidió dejar de comerse la cabeza con eso.

Ya vería en un par de días si de verdad le caían los mil quinientos millones a su cuenta.

***

Por la tarde, Nanette llegó al lugar acordado con diez minutos de anticipación.

Era una cafetería sumamente exclusiva.

Las lámparas clásicas soltaban una luz cálida que hacía ver el privado con un aire antiguo, tipo hacienda, y muy fino.

Cuando Nanette cruzó la puerta, vio la espalda firme de un hombre.

Estaba de pie, al parecer admirando un cuadro al óleo colgado en la pared.

Sin embargo, él mismo parecía sacado de una pintura. Desprendía el dominio y la soltura de alguien acostumbrado a estar siempre en la cima y a que todos le rindieran cuentas.

—Buenas tardes. Camila Mancilla fue quien agendó la reunión con usted. Mi nombre es Nanette Larco.

El hombre se dio la vuelta y el tiempo pareció detenerse por un instante.

Lo que obligó a Nanette a mirarlo dos veces no fue su aspecto atractivo e impecable, sino el aura de superioridad que lo envolvía, como si fuera dueño del mundo entero.

—Hola. Soy Noel Cortés —se presentó.

Nanette, sin pensarlo, le tendió la mano para saludarlo.

Noel se le quedó viendo fijamente por unos segundos, sin mover un solo músculo.

Sintiéndose un poco ridícula, Nanette hizo el amago de bajar la mano.

Pero de repente, él la interceptó y le estrechó la mano suavemente.

Su mano era tibia y firme; el contacto le dejó un cosquilleo incómodo, de esos que una no sabe explicar.

Esa sensación desapareció casi de inmediato cuando ambos tomaron asiento, frente a frente.

—¿Debería llamarte señorita Larco, o señora Godoy? —preguntó Noel.

Nanette se quedó sorprendida.

—¿Me conoces?

—Tres mil millones —soltó Nanette.

Noel guardó silencio unos segundos antes de responder.

—Todas las ganancias que me acabas de pintar en el aire son puras especulaciones. La realidad es que, si te doy esos dos mil millones, me estoy jugando un volado.

—¿Y qué pasa si resulta ser un fracaso?

—No lo será —le contestó ella sin dejarlo terminar—. Le tengo toda la fe del mundo a este proyecto.

—Te veo muy segura de ti misma.

Nanette le sostuvo la mirada, sin dejarse intimidar en lo más mínimo.

—Claro que lo estoy.

—Bien. —El hombre esbozó una levísima sonrisa—. Tres mil millones, entonces.

Nanette se quedó estupefacta.

¿Así de fácil... había aceptado?

¿Ni siquiera iba a intentar regatearle un poco más?

—Pero tengo una condición.

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