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No recogí amor basura: divorcio embarazada, el CEO me coronó romance Capítulo 162

Irene sonrió con sutileza.

—En el fondo, no amas tanto a Yolanda.

Galileo no respondió, pero tampoco lo negó.

—¿También vas a decir que al único que amo es a mí mismo?

Irene se sorprendió un poco. —¿También?

—Ella me dijo exactamente lo mismo.

—¿Nanette?

—Sí.

Irene soltó una risita. —Se ve que Nanette te conoce muy bien.

Galileo la fulminó con la mirada, esbozando una sonrisa peligrosa.

—¿Me estás insultando?

Ella no se intimidó en lo absoluto.

—No, solo digo la verdad. Tú me pediste que cada vez que platicáramos, mis palabras fueran sinceras y honestas.

Galileo lo pensó un momento.

Recordó que, en efecto, él había dicho eso.

Las relaciones entre las personas casi siempre estaban llenas de hipocresía.

Por su estatus, muy pocos se atrevían a decirle la verdad en la cara.

Incluso su asistente personal a veces le daba por su lado.

Solo esa mujer siempre le había hablado con franqueza.

Por eso, Galileo no se enojó.

—Al principio creí que solo te parecías físicamente a Yolanda, pero ahora me doy cuenta de que tu forma de ser es aún más parecida a la de ella.

Irene sonrió.

—Has cambiado.

—¿He cambiado?

—Sí, has cambiado. Empezaste a preocuparte por Nanette.

Galileo se quedó desconcertado.

—Antes ni siquiera la volteabas a ver, y mucho menos le prestabas atención —añadió Irene.

Galileo se quedó en silencio unos segundos, levantó la cabeza y se tomó el vaso de licor de un solo trago.

¡No!

Él no había cambiado.

Era solo que últimamente Nanette estaba armando demasiado drama, y no le quedó de otra que hacerle caso.

***

Dos días después.

—No hace falta —respondió Noel.

—¡No! ¡Claro que sí! No me gusta deberle favores a nadie.

Sonaba terca, como una niña chiquita.

Noel no pudo evitar sonreír.

—Está bien. Lo que te haga sentir mejor.

Por la tarde.

Trasladaron a Guillermo a una habitación de piso.

Pero no era cualquier habitación.

Era una suite privada de lujo.

Guillermo estaba acostado en la cama con la mirada algo perdida.

Eloísa le humedecía poco a poco los labios resecos con un hisopo.

Nanette de verdad no lograba descifrar cuánto amor sentía realmente Eloísa por Guillermo.

Al ver entrar a Nanette, Eloísa solo le echó una mirada de reojo y no dijo nada.

En cuanto Nanette se acercó a la cama, Guillermo sacó la mano de debajo de las sábanas.

Ella se la tomó de inmediato y le habló con suavidad: —Papá.

Guillermo asintió con la cabeza, su voz sonaba muy ronca.

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